Dos niñas, una cabaña y mi vida por el caño.

Posted in una cabaña y mi vida por el caño. by Kruger on 21 septiembre 2016

¡Toc!, ¡Toc!, ¡Toc!

 

  • Papá, ¿Qué están haciendo allí dentro?
  • Nada hija, ve a cambiarte al cuarto que ya vamos para allá tú hermana y yo – dije a través de la puerta.

Diana volvió a tocar la puerta la puerta con más fuerza, al parecer no le gustaba esperar o  le picaba tanto la curiosidad por saber lo que yo y su hermana mayor Mika estábamos haciendo, pero no podía, no por ahora.

 

Aumente la presión de la ducha para que haga más ruido y así no pueda escucharnos.

 

  • Papá, ya déjame entrar, ¡no me gusta estar solita! – vociferó

 

¡Dios qué niña más escandalosa! Me ponía los pelos de punta escuchar sus quejas, ¿No podía dejarnos en paz unos minutos?

 

  • Ya salimos Diana, ya vete al cuarto o sino no habrá pizza esta noche – dije para calmarla. Decirle que pediría pizza era mi manera de controlarla.

 

La escuché alejarse con pequeños saltos hacía mí habitación.

 

  • Bueno, ¿En que estábamos?

 

Mika no me respondió, se limpiaba las lágrimas de los ojos.

 

Ambos nos encontrábamos dentro de la tina llena de agua y burbujas, el olor a jazmín de su shampoo impregnaba el lugar, el vapor del agua empañó los vidrios y el espejo del lavabo.

 

Me encontraba parado a su lado, el agua me llegaba casi a las rodillas, en cambio a ella le llegaba un poco más arriba de eso. Vaya que era preciosa mi niña, con ese cuerpo tan bien formado: muslos firmes, caderas delgadas, ombligo de botón, pecho plano y pulcro. Brazos delgados, cuello estirado y fino, mejillas rosadas, ojos celestes como los de su madre, nariz respingada, cabello claro con ondulación en las puntas  y labios bien definidos. ¡Vaya, con razón me obsesioné con ella!

 

Pero lo que más me gustaba era esa increíble, preciosa y suculenta rajita sin bellos. ¡Oh si! Esa cosita brillaba con luz propia. Me dejaba ciego de placer de solo observarla un momento. Me gusta darle cariñitos y lamidas a esa línea vertical perfecta, era como saborear el dulce néctar de la vida. Y mejor aún era ver como pequeñas gotas de agua resbalan sobre esos labios vaginales, hacían que se viera más…………..apetecible.

 

En si, yo estoy loco de ansiedad  por saborear ese delicado cuerpo suyo.

 

Así que al grano.

 

Le ordené que se volteara y que pusiera sus manos en la pared de azulejos, después que se agachara y se abriera con las manos esas preciosas nalgas redondas y que me mostrara esas aberturas estrechas de ano y vagina, divididas finamente por esa línea universal que las unía y separaba.

 

Su culito no era virgen, ya me había encargado de eso, no fue fácil, pero con tiempo y mucha persuasión todo es posible. Sin darme cuenta ya tenía insertada media verga dentro de su culito casi sin esfuerzo. Mika se quejaba, siempre lo hace, no le gustaba que se la meta por ahí, le causaba mucho dolor, yo creo que exagera; su boquita me dice que no pero su culito se traga fácilmente mi falo.

 

Su anito era estrecho pero sus nalgas eran prominentes para su edad, me gustaba darle un par de azotes a esos grandes cachetes solo por el placer de escuchar su sonido. Le di dos fuertes nalgadas a ambas, estas se pusieron rosadas y emitieron un sonido tan dulce que me volvía loco. No escatime en fuerza y como mandaría mi vida por un tubo entonces debía aprovechar este fin de semana al máximo.

 

¡Toc!, ¡Toc!, ¡Toc!

 

  • ¡Papá ya salgan que sigo sola aquí!

 

¡Mierda! Ya te va a tocar pequeña, ya te va a tocar.

 

  • Ya salimos cariño, espéranos en mi habitación.

 

Me despegue de Mika con cuidado y vi que su anito había crecido enormemente, era precioso, tan rojizo que daban ganas de metérselo nuevamente pero ya habría tiempo para otro encuentro.

 

Nos secamos y por fin salimos del cuarto de baño.

 

Mika cabizbaja se fue directo a su habitación y cerró la puerta con llave. ¡Qué tonta! No sabe que tengo las llaves de toda la casa.

 

Diana estaba en mi habitación, revoloteando por todas partes sin nada puesto,  era una niña hiperactiva y desinhibida, eso me gustaba. Me encanta su inocencia y su sonrisa sincera.

No tiene ni idea de lo que le hago a su hermana mayor puesto que vive con su madre, solo la puedo ver algunos fines de semana del mes y en la fiestas de fin de año.  Eso no me molesta pues tengo a Mika pero creo que ya es tiempo de cumplir una de mis más grandes fantasías y este fin de semana es perfecto.

 

Diana me mira y sonríe, le devuelvo la sonrisa. Tiene los ojos y el pelo rubio de su madre pero tiene mi sonrisa, es divertido hacer comparaciones, ella se parece más a mí  que Mika. ¿Será por eso que preferí elegir a Mika en custodia?

 

Me abalanzo sobre mi pequeña y desnuda niña rubia, quien grita de forma histérica y divertida. Le hago cosquillas en todo el cuerpo como escusa para manosearla, tiene una piel increíble mi niña, es tan tersa y suave como la seda, me  provoca cierto grado de placer el solo tocarla.  Juego con su pelo que es tan  rizado y dorado como la de Shirley Temple y sus cachetes rosados como de una muñeca pepona.

 

Acaricio cada parte de cuerpo con locura y desenfreno, palpando su tierna piel, alcanzando sus zonas erógenas y sensibles, apretando con mis dedos su clítoris y nalgas, cacheteando sus mejillas y muslos como si fueran pelotas de volleybal. No quiero esperar más, quiero que esta pequeña de 8 años sienta mi enorme verga en su interior.

 

Después de haberla manoseado unos minutos, me preparo para lo que vine planeando meses atrás, cuando perdí la cordura y me deje llevar por estas enfermas ideas mías.

Saco una cuerda de montaña de debajo de la cama  junto con una mesa plegable, la armo, y la pongo junto a la cama. Diana observa curiosa el significado de esta mesa, pero no dice nada, a ella le gustan las sorpresas y sabe que la mesa significa algo importante.

 

Ambos estamos desnudos cuando la echo encimade la mesa. Sin decirle nada ato sus manos y pies, los extiendo hasta las esquinas, realizo los  nudos respectivos en cada esquina y los aprieto con fuerza. Diana no se queja por estar en esa situación, es más, me sonríe pensando que se trata de un divertido juego.

 

Vamos a ver cuanto le dura esa sonrisa suya.

 

De debajo la cama saco otra de mis armas secretas: una vara de azote. Es delgado, flexible y con cierta longitud para graduar el castigo; es perfecto. Lo levanto en alto para que mi niña lo observe, ahora noto cierto grado de miedo en su mirada, presiente que algo malo va a ocurrir.

 

El bastón acaricia cada parte de su cuerpo, lo tantea y mide como escaneando los puntos débiles, para después ser ejecutado con éxito.

 

– Te voy a castigar por ser una niña mala – le digo con una sonrisa amplia, mi intención es causarle el mayor temor posible.

 

Primero suave, golpecitos suaves en sus muslos, Diana se estremece, agita todo su cuerpo con cada golpecito que le doy. Aumento la dosis de fuerza, primero en un muslo después en el otro hasta que estos adquieren un todo rosado, ella comienza a protestar: yo continúo con el castigo, lo importante aquí es disfrutar de su sufrimiento.

 

Seguidamente paso a su estomago que esta tan plano y hermoso que volverlo rojizo será un placer. Golpecito tras golpecito cumplo con mi cometido, la vara se agita con cada golpe y me emociona escuchar el sonido que este produce.

 

  • Basta papá, me duele mucho, duele.
  • ¿Papá? Creo que ese titulo ya no lo merezco, de ahora en adelante me llamaras “mi señor” ¿de acuerdo?
  • ¿Qué? – dice la pequeña con la mirada confundida y asustada, yo me limito a darle tres fuertes azotes en su estomago antes de replicarle.
  • ¡Dije que de ahora en adelante me dirás “mi señor” sino quieres que te siga azotando niña malcriada! – Grité.
  • ¡Mi señor, mi señor!

 

Diana comienza a llorar, su barriga estaba tan roja como un tomate pero mi ego estaba en el techo.

 

Era hora de cambiarla de posición.

 

La desaté, la voltee como si fuese tortilla y la volví a amarrar.

 

Su colita parada era  preciosa y de solo pensar en darle tremendas cachetadas a esos pedazotes de carne me excitaba en sobremanera, así que ¿Para que perder el tiempo si toda ella estaba a mi libre disposición?

 

La vara se dio un festín de golpes sobre sus nalgas, tan sonoros eran los golpes que sentía que los vidrios de la habitación vibraban, mis manos envidiaban a la vara, no solo ese instrumento debía tener el placer de azotar esas montañas de carne. Mi mano derecha se dio el lujo de nalguearla un par de veces solo para conocer el contacto de esa piel sublime que tenia mi niña.

 

Diana lloraba y lloraba pero lejos de darme pena me daba satisfacción y ánimos para continuar con mis castigos. Minutos después sus nalgas quedaron tan rojas y marcadas como si las hubiese marcado con fierro para herrar ganado. Di un largo suspiro. Se veían estupendos pero aún me faltaba algo por hacer.

 

La desaté de nuevo y la volvía voltear de frente pero esta vez con las piernas estirada hacia atrás. Hace algunos días instalé un colgador de pared para que las cuerdas quedasen ajustadas ahí, pase unos minutos haciendo nudos en sus talones para poderlos anudar en el colgador y así sus piernas quedaran bien estiradas  y que ella no se moviera de esa posición, el objetivo: que su panochita quede libre y abierta.

 

Casi falto soga, pero me las apañe para que quedara bien amarrada. Era el momento, mi corazón palpitaba a mil por hora y mi verga estaba bien parada, por precaución cerré la puerta del cuarto con llave; lo que vendría sería tremendo.

 

Se le veía toda su rajita, desde el comienzo hasta el fin, desde el monte de Venus hasta donde terminaba su anito. Saque de mi caja de sorpresas otro de mis juguetes de la noche: un látigo de tres puntas hecho de cuero. El instrumento era precioso y elegante que con su sola presencia Diana comenzó a temblar del miedo.  Empecé con pequeños golpes en su parte más sensible: el clítoris.

 

El látigo se extendía por toda su panocha infantil provocando un sonido seco.

 

-¿Quién soy? Dime esclava ¿Quién soy? – le decía mientras la azotaba.

– Mi señor, mi señor – respondía mi niña con la voz quebrada por el llanto.

 

Los minutos pasaban y mi niña se retorcía y gritaba sobre la mesa por el intenso dolor que le provocaba, sus pies se tornaban rojos por mis apretados nudos y había derramado tantas lágrimas que se formó un pequeño charco alrededor de su cabeza. Yo no claudicaba con mis azotes en su piel, su rajita se  tornaba rojiza, ese color exquisito, era mi color favorito, transmitía cierta sensualidad y pasión, pero quizá el azotarla de esa manera era mi deleite, mi droga, mi poder.

 

El dolor de criaturas indefensas me provocaba mucha emoción después de una vida aburrida y gris. Este era  mi retribución a todos eso años de estar siempre reprimido, con la sociedad viéndote con malos ojos, siendo acusado de algo de lo que no eres culpable. Yo amo a los niños y desde siempre fue así, ahora si me condenan y amedrentan por eso entonces ellos son los culpables. El monstruo que ellos han encarcelado por fin se ha liberado y de la forma más gloriosa; sobre su propia descendencia.

 

Saque otro de mis juguetes sexuales, esta vez es un dildo blanco, es relativamente pequeño, pero vibraba con solo ajustar la manija. Vamos a ver si mi niña aprendió su lección.

 

Se lo puse en el clítoris apretándolo para que lo sintiera, mi niña se convulsionó pero no protestó, para ella era una sensación diferente, después de tanto castigo por fin una sensación agradable.

 

Placer en medio del dolor, esa es mi lección.

 

¡Toc!, ¡Toc!, ¡Toc!

 

  • ¡Papá! ¿Qué le haces a mi hermana? Déjala en paz.

 

Mika protestaba, mientras yo estaba muy feliz apretando el dildo blanco en la rajita de Diana, poco o nada me importaba lo que Mika dijera.

 

Diana sentía como el pequeño instrumento la ponía caliente, lo veía en sus ojos, en la relajación de su cuerpo por el simple contacto.

 

Introduje levemente la punta de aquel juguete dentro de la pequeña abertura de su ano, este era tan pequeño que apenas le cabía la punta. Lo fui aprentando poco a poco para que entrara. No tenía mucha paciencia por lo que apreté con fuerza  y el culito fue cediendo ante el. Diana no protestaba pero tenía una expresión incomoda en el rostro, seguramente le resultaba extraño pero no doloroso.

 

¡Oh! pequeña Diana, mientras más incomoda estés más disfruto yo.

 

La punta ya estaba dentro, pero no podía parar de introducirlo, giraba el dildo sobre mis dedos como taladrando para poder llegar hasta el fondo, mientras ella sufría en silencio. Después lo metía y sacaba para que se ensanche. Yo sabía que el ano de mi niña era más flexible que su vagina, había experimentado todo esto antes con Mika y los resultados provocaban menos trauma para ella y más placer para mí.

 

Muchos minutos pasaron, y a mi pequeña se le entumecían las piernas por estar en la misma posición. Su rostro cansado y sus brazos caídos me indicaban que ya no podía soportarlo, sin embargo yo presentía que era el momento preciso para aumentar mis castigos. Tomé  látigo con una mano mientras la otra mantenía el dildo dentro de su culito casi desvirgado, lo siguiente que hice ya se lo imaginarán.

 

Diana derramaba lágrimas de dolor y placer, sus mejillas ruborizadas y sus ojos apretados la delataban, era evidente, estaba sufriendo pero su cerebro cambio ese dolor por algo más placentero, una sensación inusual conocida como masoquismo. Al notar aquello saque rápidamente el dildo de su culito y comencé a friccionar su clítoris con locura. Mi dedo temblaba y apretaba con fuerza esa zona erógena. Fue difícil encontrar el ritmo para esta forma de estimular esas dos emociones que experimentaba pero yo intuía que el cuerpo de mi niña estaba por convulsionar.

 

No creí que funcionaría, de hecho Mika nunca mostró esas expresiones, siempre estaba a la defensiva, suplicándome que la dejara de penetrar. Ahora Diana estaba en nueva etapa, una etapa que cambiaría su vida para siempre. Lastima que solo durará un día pues ese era mi límite.

 

Diana tuvo su primer orgasmo en silencio, contrayendo las piernas, cerrando los ojos con fuerza y aprentando lo dientes. Su cuerpo temblaba en sobremanera y al final se desplomó inconciente.

 

  • ¡Increíble! – esa fue la primera palabra que se me vino a la mente.

 

Mika toca nuevamente la puerta.

 

Bueno creo que ya era tiempo de seguir con esta lujuriosa noche, era el turno de Mika de entrar en acción.

 

Abrí la puerta de repente para sorprenderla. Todavía lleva puesto el salto de baño rosado, ha estado pendiente de su hermana todo este tiempo que ni se ha cambiado la ropa. Tiré de su muñeca y ella entra a la habitación trastabillando. Mira a su hermana atada sobre la mesa y se queda helada, no da crédito a lo que ve. La verdad  no había practicado esto de la sodomía con Mika, pero ganas no me faltaron.

 

Antes de que  reaccionase la empuje a la cama como suelo hacer cuando estamos solos en casa, esta era mi manera de decirle que se prepare porque me la cogería. Ella se volteo rápidamente y me miró con furia, era claro que no le gustaba para nada lo que le había hecho a su pequeña hermana, yo me limite a lanzarle una mirada seductora.

 

Me coloque encima suyo capturando con mis manos sus muñecas para que no se resistiera más. Ella trataba se zafarse pero nunca lo lograría; la haría mía otra vez. Dejo su mirada de odio y paso a la de la resignación, no tenía caso resistirse a su querido padre, como sea ganaría la batalla.

 

Le quite la bata de baño y lo lance por los aires sin ver donde caería ya que mi mirada no se apartaba de mi querida hija.

 

Ver nuevamente ese cuerpo rosado y puro siempre era un deleite, y saber que ese cuerpo suyo me pertenece por completo hace que pierda rápidamente los estribos.

 

Bese con desenfreno total cada parte de ese cuerpo perfecto, lamia sus pequeños pezones apenas perceptibles hasta llegar a su zona delicada que tanto me gustaba saborear. Lamia, chupaba y mordisqueaba ese pequeño clítoris que de a poco se enduraba. Mika se retorcía y suspiraba, siempre lo hacía, quería evitar mis intromisiones aunque muy en el fondo le gustaba todo aquello, muy en el fondo le hacía sentir feliz.

 

Me deleite varios minutos con el sabor exquisito de su cuerpo, antes de continuar con mi noche de placer.

 

Mika se veía agotada como si un turbión hubiese pasado por toda su cabeza, tenía el pelo alborotado, la cabeza sudada y la su respiración agitada, era claro que me había pasado con el lengüeteo. ¡Pero que va! Si apenas estoy empezando.

 

– Tú y tú cuerpo me pertenecen – le digo casi susurrando, siempre se lo digo antes de cogérmela, eso hace que se resista menos.  Ella asiente con visibles lágrimas en los ojos, sabe que no tiene otra opción, sabe que digo la verdad. Ella es mía y de nadie más.

 

Abro sus piernas de par en par y empiezo a restregar mi verga contra su rajita para iniciar la lubricación. Esta se humedece casi al instante y no es para menos, mi verga esta a punto de estallar por la espera. No me podía aguantar ni un solo segundo  más, debía comenzar a desahogarme en ella. Acomodo mi pito en la entra lubricada de su pequeña vagina desvirgada, y se la introduzco a los pocos segundos.

 

Mika rompe en llanto.

 

Su bello y frágil cuerpo tiembla ante cada embestida mía, sus piernas tiemblan y sus lágrimas caen a través de sus rosadas mejillas. Me encanta abusar de ella, me llena de adrenalina y placer el introducirme dentro suyo, me enaltece verla tan indefensa y adolorida, es como una maldita droga que se expande hasta mi cerebro, un sentimiento que solo puedo conseguir por medio del sufrimiento de otros.

 

Cuatro años de abuso y siento como si fuese la primera vez, Mika siempre llora y ese llanto solo provoca que la desee aún más. La cama vibra por la intensidad del momento porque yo por lo general soy una bestia cuando estoy encima de Mika. Ella no se acostumbra al dolor, el dolor es algo que su cerebro no ha transformado en placer.

 

Le doy la vuelta de repente para cambiar la posición y el hoyo. Coloco sus deliciosas nalgas frente a mi verga palpitante que apunta a su anito, y la penetro sin contemplaciones. La primera estocada es letal, hace que ella se retuerza y trate de zafarse de mí, pero no puede porque fuerzo la penetración al sujetar con mis manos sus hombros y de nuevo empieza el bamboleo.

 

Es increíble ver como ese pequeño ano puede soportar mi verga erecta, es casi como un milagro. Esos son los beneficios del anito infantil, este siempre es  elástico. Mi falo se perdía por completo y por dentro se sentía estrecho y algo apretado, pero no me impedía sentir el máximo placer al introducirlo. Era magia pura.

 

  • Papá, ¿Qué le haces a Mika?

 

Diana se había despertado y observaba atentamente la escena sexual que tenía con su hermana mayor. Esto no podía ponerse mejor.

 

Me despegué de Mika cuyo llanto se había convertido en poco menos que un susurro débil. Me levanté de la cama y me pongo a lado de la mesa, frente a la boca Diana para ser precisos. Ella me observa aterrada, la expresión en su mirada era de desconcierto y miedo, un miedo tan intenso que sus piernas y labios tiemblan al unísono; me encanta.

 

Verla tan temerosa me hace sentir enaltecido y poderoso. Esa es la reacción que esperaba obtener esta noche, de ser un padre amoroso a un violador implacable y cruel. ¡Qué dicha!

 

El rostro de Diana sigue siendo angelical, esos rulos dorados y esos ojos azules le hacían ver como toda una superestrella, ni que decir de esa boquita rosada y dulce. En conjunto Diana era una niña preciosa y perfecta. Era momento de arruinar un poco esa dulzura.

 

Tomé de nuevo el dildo blanco y sin mucha espera se la metí de nuevo a su culito, al mismo tiempo que colocaba mi verga erecta en la boquita de mi niña, no le di tiempo de reaccionar, y menos de pensar en lo que estaba pasando. Era un mal sabor de boca para ella pues mi falo conservaba restos de heces fecales extraídos de su hermana. Trato de apartarse pero las ataduras se lo impedían, daba arcadas y tosía constantemente pero yo seguía con mi intromisión.

 

Esta imitación forzada de sexo oral era muy complaciente, me gustaba ver como esos pequeños labios envolvían mi órgano genital, desafortunadamente no entraba toda porque tenía boca pequeña  pero era lo suficientemente profunda como para llegar hasta la campanilla y provocarle arcadas. Esto lo hacia al mismo tiempo que mi otra mano le perforaba con el dildo. Minutos después y sin que ella se diese cuenta el juguete sexual se había introducido por completo.

 

Sin pensarlo dos veces y con la verga a punto de explotar me decidí a penetrar por primera vez a mi hija menor Diana. Era el momento oportuno ya que la mente de ella estaba a punto de  estallar por tanto abuso, esto sería la cereza sobre la torta.

 

Así que nuevamente restregué mi verga en la entra del anito virgen de mi hija para que este se dilatara y menos de un minuto la cabeza de mi falo se perdió en su interior.

 

  • ¡Para! ¡Por favor papá, deja a mi hermana en paz! – suplicó Mika al borde de la cama justo en el momento en que iba a por todas.
  • Yo no soy tú padre Mika – le dije lanzándole una mirada muy seria – Dile Diana ¿Cómo debe decirme ahora?

 

  • Mi señor – respondió Diana con la mirada perdida en techo, lo dijo en un tono tan despectivo que casi parecía que lo hubiese dicho una prostituta.

 

 

Le introduje la mitad  de mi verga y Diana apenas chilló era como si estuviese en trance, como si su mente procesará esta nueva sensación ¿Era dolor o placer? Le introduje otro poco y le provoque un pequeño gemido. Otro centímetro más, y otro, y otro, hasta casi llegar hasta el final de mi falo.

 

¡Maravilloso!, ¡Sublime!, ¡Exquisito!

 

El penetrar su estrecho culito era definitivamente una sensación única e irrepetible. El menear mis caderas para realizar los movimientos del “mete y saca” era como danzar sobre nubes esponjosas. Y acelerar mis movimientos pélvicos en la penetración hacia que se me acabara el aire en cuestión de segundos. Perder el aliento en medio del sexo es la apología del placer.

 

Mika se arrastró donde mí y me suplicaba que dejara a su hermana. La pobre Mika estaba adolorida del ano. No era la primera vez que la dejaba así. Recuerdo que en una ocasión la deje sin poder sentarse por dos días, tuvo que faltar a la escuela en ese tiempo, pero apenas se recuperaba yo la volvía a vejar por la misma vía. ¡Qué recuerdos tan bellos!

 

El clímax llegó en un suspiro ahogado mientras llenaba la cavidad de mi niña con mi semen, ese mismo liquido que la concibió 8 años atrás.

 

Diana continuaba con la mirada perdida y los ojos bañados en lágrimas silenciosas que resbalaban por sus rosadas y pomposas mejillas. Mika igual lloraba abrazada a mi pierna.

 

Someter a mis dos hijas al dolor es un acto despreciable y horrible, se supone que un padre debe proteger a su descendencia para evitarles el mayor sufrimiento posible. Pero yo no soy cualquier padre, yo soy una bestia fruto del rencor de la sociedad, un ser capaz de todo por exprimir al máximo sus más bajos y oscuros instintos, un ser primal capaz de destrozar todo lo que esta a su alrededor  en beneficio de sus placeres carnales. Ese soy yo.

 

Y así culmina una noche que mis hijas nunca olvidarán, una noche llena de lujuria, placer, dolor y lagrimas.

 

Las hago dormir a las dos en mi cama, quiero disfrutar de sus cuerpos en una placentera noche de sueño.

Guardo mis juguetes e instrumentos que tanto dolor le infundieron a Diana, los observo por una vez más antes ponerlos bajo mi cama. Quizá nunca más los vuelva a tocar.

Me acuesto en las sabanas de satín blancas con Mika a mi izquierda y Diana a mi derecha, esta última se duerme en seguida. Abrazo a Mika con fuerza pues quiero sentir el calor de su cuerpo desnudo junto al mío al igual que la suavidad de su piel. Poco a poco me adentro en un ensueño melódico  y sueño, sueño con el futuro.

Me imagino un futuro a lado de Diana y Mika, juntos, viviendo en la cabaña por siempre. Encendiendo la chimenea en invierno y abriendo todas las ventanas en verano, yendo juntos al lago cercano a la cabaña, desnudándonos y chapoteando en el agua, acariciando nuestros cuerpos lo unos a los otros.  No habría prohibiciones, ellas podrían hacer conmigo lo que quisiesen y yo haría lo propio.

Tendríamos orgías nocturnas y vespertinas, matutinas y meridianas. Ellas se acostumbrarían a darme placer en los momentos más inesperados y yo las complacería incluso cuando ellas no lo pidiesen.

Me imagino estando sentado en la mesa del comedor con un vaso de vodka en la mano y un cigarro en la otra. Llueve afuera y hace calor. De repente aparece una Diana ya crecida con 14 años cumplidos, lleva una puesta una bata tan delgada que se le puede ver todo incluido esos  lindos senos bien formados y pequeños, acompañados por ese cuerpo tan esbelto y delgado que posee.

La atraigo hacia mí y la hago sentar en mi regazo, ella se ve tímida pero sumisa, le hago sentir mi verga erecta que aflora por la suavidad de sus nalgas. Su pequeño camisón se abre y no hay nada más que hacer.

Beso con locura sus labios y sus senos, la desprendo de su prenda intima mientras la manoseo toda. La obligo a bajar la cabeza hasta llegar a mi falo y ella instintivamente comienza a succionarlo. Me quedo delirando de placer por esos instantes,  lo hace muy bien, ya es toda una experta.

 

La echo sobre la mesa y le abro las piernas de par en par, apunto mi verga a la entrada de su conejito desvirgado desde los 8 años y la penetro con furia. Hago temblar la mesa y todo lo que esta encima de ella. Diana gime como si fuese una prostituta bien pagada.

 

Veo como rebotan sus senos y su cabeza que sigue el compás de mis movimientos pélvicos. La sujeto de las manos mientras mis labios buscan los suyos. Estoy a punto de venirme y pienso que si la embarazara no sería tan malo después de tan buen sexo, incluso si llegara a viejo, mis propios “hijos-nietos” me consolarían muy bien.

 

Despierto de mi ensueño.

 

Miro a mí alrededor, todo esta oscuro, pero siento las palpitaciones de mi verga por culpa de aquella visión del futuro en forma de sueño.

 

Sigo abrazando a Mika pero algo es diferente. La escucho sollozar por debajo de la sabana con la que estamos tapados. Levanto la sabana y se me dibuja una sonrisa en el rostro; sin quererlo la estoy penetrando de nuevo.

 

Observo su culito abierto por la entrada de mi pene erecto que se había introducido en su totalidad.

 

¡Mierda realmente soy un monstruo! Incluso dormido soy un maldito pervertido.

 

Pongo mis manos encima de sus caderas para ahondar la penetración: Me gusta esta posición, la de costado, hace que mi pelvis se mueva rápido y mi falo se adentre hasta el fondo de su cavidad anal y vuelva a salir en cuestión de segundos. Nunca antes me la había cogido de esta manera, siempre mantuve mis recaudos para no lastimarla demasiado, pero ahora pisaba el acelerador a fondo y nada podía detenerme.

 

Hicimos vibrar la cama de forma magistral, el colchón zumbaba y rechinaba como si se tratara de un terremoto de gran magnitud. Sus nalgas sonaban al hacer contacto con mi pelvis una y otra vez haciendo eco en las paredes de la habitación. Mika lloraba y se quejaba por mis tremendas arremetida parecía que en cualquier momento iba a desfallecer.

 

  • ¡Eres mía Mika!, tú y tú cuerpo me pertenecen. Y aunque pronto yo ya no estaré aquí sabrás que siempre me perteneciste  ¿Lo entiendes?

 

Mika no paraba de llorar y gritar pero eso solo provocaba que aumente mi excitación. De nuevo estaba a punto de descargar mi semen por lo que no deje de parar las arremetidas que le daba.  Mi verga entraba y salía con facilidad, se deslizaba dentro y fuera, como quien bombea una pelota de futbol hasta que esta explote.

 

Yo gemía, gruñía, inclusive gritaba de tanto placer y cuando finalmente me vine dentro del culito de mi hija mayor caí exhausto y rendido a su lado en la que fue la mejor noche de toda mi vida.

 

Mi semen chorreaba de su ano y se deslizaba por sus piernas hasta quedar pegada en las sabanas, no quise levantarme a limpiar, así que me quede profundamente dormido en esa posición.

 

El alba llegó y los primeros rayos de sol me despertaron, lo primero que sentí fue el semen pegajoso que se coló en el tallo de mi falo y el sudor también pegajoso que invadía mi cuerpo al quedar agotado de tanto sexo.

 

Mika dormía. Gire la cabeza y vi a Diana que me miraba de forma silenciosa, se la veía igual de angelical y hermosa, como si no hubiese sucedido nada. Sin pensarlo demasiado le ordene lamer los restos de semen de mi falo. Ella dudó unos instantes pero obedeció sin decir nada. Puso su boquita a succionar mi verga y quitar los restos de semen que había en el.

 

Los rayos de sol iluminaba su rostro perfecto, hacían brillar sus cabellos dorados y resaltar sus ojos azules; se me paró de nuevo. Mi verga crecía rápidamente y se le hacía más difícil seguir succionándola, su boca se henchía y de sus labios chorreaba abundante saliva combinada con líquido pre-seminal. A los pocos segundos mi semen salió disparado dentro su cavidad bucal, llenándola de potentes chorros que aún me quedaban. Diana quiso escupirlo todo pero se lo impedí, cerré su boca y le pedí que se lo tragara. Ella con un poco de esfuerzo y como si se tratara de tragar una sandia, tragó.

 

Finalmente vi cumplido mi sueño y me sentí en paz. Mi fantasía se hizo realidad por partida doble, mis bajos instintos superaron a la razón, e hice mella en el cuerpo y la mente de mis hijas, una noche que recordaran por siempre ya sea para bien o para mal, dependiendo como lo vayan a sobrellevar.

 

Nos duchamos todos juntos en la pequeña regadera de la casa. Todos muy serios y pensativos, muy callados y distantes.

 

Pasaban las horas y nada cambio, mis hijas trataban de asimilar lo ocurrido, cada una en un rincón de la casa. Mika escuchaba música en la sala y Diana en su habitación con sus muñecas pero en si desapareció esa inocencia y vitalidad infantil que tanto la caracterizaba, es como si le hubiesen quitado una parte de su ser y la lanzaron muy lejos de aquí. El culpable (yo) sólo podía sonreír, esto era lo que yo quería lograr.

 

La madre de las pequeñas me llamó al celular diciéndome la hora en que las recogería. Se suponía que Mika sólo se iría una semana con su madre, pero ambos acordamos que debía quedarse con ambas de aquí en adelante.

 

Las niñas alistaron sus maletas en silencio, mientras yo me disponía fumar y beber afuera de la cabaña. Era un día estupendo, un cielo claro, pájaros cantores y el sonido de los árboles meciéndose al compás de las ventiscas veraniegas. Todo era paz, mi mente estaba en paz.

 

La madre de las niñas llegó y era el momento del adiós. Mika me dirigió una mirada de pocos amigos antes de dirigirse hacia la puerta. La tomé del brazo.

 

  • Cumple nuestro acuerdo – le dije en tono amenazante – No le dirás nada a tú madre hasta mañana ¿ok?

 

Ella se zafó de mi agarre y asintió.  Nunca antes la había visto tan enojada, su odio tenía fundamento y su desdén me indicaba que había perdido su cariño. En cierta forma eso me molestaba pero  no podía hacer nada al respecto así que la deje ir.

 

Diana se fue tras ella pero para mi sorpresa se detuvo en el marco de la puerta y se volteo a verme, a diferencia de su hermana mayor su mirada no era de odio o desdén sino de compasión como si yo fuese la victima. Me acerque, puse una mano sobre su hombro y le dije:

 

  • A ti es a quien más voy a extrañar.

 

Diana susurro algo que apenas alcance a oír y que casi me hace dar una ataque de risa.

 

  • Yo también Mi Señor.

 

Se subió al auto y este arrancó perdiéndose entre los matorrales y árboles de pino.

 

Deambule por la casa solitaria, recordando cada  minuto de aquella noche fantástica. ¿Realmente valió la pena todo esto? El dejar huellas en la mente y cuerpo de mis hijas. Recuerdos que las perseguirán hasta el día de su muerte. El convertirme en uno de los hombres más odiados por mis propios familiares y amigos que se enteraran de todo. Porque es seguro que lo sabrán, las malas noticias son las primeras en llegar.

 

Dirán: pero si él era una buena persona ¿Cómo pudo hacer algo así?

 

Se sorprenderán pero igual me odiaran. Miraran mi tumba con desprecio y escupirán sobre ella o quizá eso sea mucho pedir, a lo mejor me cremarán, votaran mis cenizas  junto con la basura porque así es como piensan vengarse de mí; pobres idiotas.

 

Me dirigí a mi habitación pensando en limpiarla, pero era el mejor y último recuerdo de mis hijas. Sábanas botadas, semen salpicado por diversos lugares, hasta la soga con la que até a Diana estaba ahí colgada en el perchero. Era una perfecta escena del crimen, cada centímetro del cuarto retrataba los intensos momentos que vivimos esa noche, así que me quede ahí, justo a lado de la entra de mí habitación, rememorando una cada detalle de todo lo sucedido hasta quedarme dormido.

 

Fue una noche muy solitaria, pero cada vez que conciliaba el sueño la imagen de Mika y Diana desnudas y atadas me despertaba. No quería sentirme miserable, era tonto pensar que así me debería sentir cuando mi ego todavía estaba por las nubes. Terminar con mi vida en este momento sería glorioso, un punto final digno de un héroe solitario como yo.

 

Me levanté, busque la carabina vieja con la que mi padre solía cazar, busque un par de balas en el armario, la cargué, puse una silla frente a la puerta de entrada, me senté y esperé el sonido de las sirenas.

 

El trato con Mika era que no me delataría por los años de abuso que sufrió de mi parte hasta un día después de regresar con su madre. Esto me permitiría dejar las cosas en su lugar, disfrutar mis últimos momentos sólo y antes de que llegue la policía para cargarme, pegarme un tiro en frente de ellos. No les daría el gusto de llevarme con vida, claro que no, yo soy dueño de mi vida y si alguien me la llega a quitar sería yo mismo y no el Estado.

La espera se hizo eterna. Las horas pasaban, el sol salió e iluminó toda la casa pero no había rastros de policías en los alrededores. Las sirenas podías escucharse a kilómetros de distancia o el sonido de cualquier vehiculo acercarse. Tal vez yo me estaba volviendo paranoico viendo una y otra vez por la ventana, tocar el rifle cargado y golpear mi cabeza contra la puerta en señal de desesperación.

 

Las horas pasaban  y mi paciencia se agotaba, era estúpido lo que estaba haciendo, ¿Esperar para que unos policías me vean morir? Ya debería haber jalado del gatillo al ver a las niñas irse de mi vida para siempre, pero no, quería hacer mi pequeño y último show de hombre inmaduro,  patético. Es más debería agarrar la pistola en este mismo instante y volarme de una puta vez los ses……………..

 

¡Toc!, ¡Toc!, ¡Toc!

 

¡Pero que Diablos!

 

¿Los policías se adelantaron a pie? ¿Me tienen rodeado?

 

No, es imposible. Los hubiera escuchado acercarse y………. Eso no importa ahora.

 

Corrí hasta mi silla de ejecución, agarré el arma, me la puse bajo la barbilla…………..

 

– ¿Papá estas ahí?

 

Me quede congelado.

 

  • ¿Diana? ¿Diana eres tú? – pregunté al tiempo que me levantaba de la silla a toda prisa y dejaba el rifle en el suelo.
  • Si, Papá. La policía esta en camino. Mika le contó a mamá todo lo ocurrido el fin semana. Mamá se puso furiosa y llamó a la policía, les dio tú dirección y vienen en camino. ¿Qué hacemos? No quiero que te encierren papá.

 

Me quedé sin palabras, definitivamente no me esperaba algo como esto. Mil preguntas rondaron por mi cabeza y no sabía que hacer.

 

  • Hmmmmm – Alcancé a decir antes de abrir la puerta y dejarla pasar. Una sola duda me carcomía el cerebro ¿Por qué? ¿Qué no era yo el villano en esta historia?- Tenemos que irnos.

 

Afortunadamente tengo un plan B.  Aliste un mochila de supervivencia en caso de que me acobardara con esto del suicidio, gracias a Dios soy un hombre precavido.

 

Bajé al sótano para recogerla junto con un par de balas que puse rápidamente en mi bolsillo derecho. Al salir se escuchaban las sirenas a lo lejos. No tenía mucho tiempo, 10 minutos a lo mucho.

 

Me cargué la mochila a la espalda al igual que el rifle. Miré a Diana que también tenía colgada una mochila en sus hombros.

 

  • ¿En serio quieres venir conmigo? ¿Quizá nunca más vuelvas a ver a tu mamá o a Mika?

 

Ella lo medito unos segundos antes de asentir enérgicamente con la cabeza, pareciera que ya lo había meditado la noche anterior, sus ojeras la delataban, pero el brillo en sus ojos me indicaban que estaba decidida. No pude evitar emitir una enorme sonrisa.

 

Salimos por la puerta de atrás, mi ventaja ahora era conocer los bosques que nos rodeaban, adentrarnos y perdernos en ellos sería nuestra primera misión. En eso sí que era experto. Lo ocurría después sería incierto.

 

Me dí la vuelta la una última vez para ver lo que dejaba atrás, la hermosa cabaña de mis padres donde los sueños se cumplen, iba a extrañar enormemente ese lugar. Apreté la mano de Diana con fuerza y nos adentramos en la oscuridad de la noche, cobijado por los oscuros árboles de gruesas ramas y la luz de la luna.

 

FIN