V de Venganza. Parte 4

Posted in V de Venganza by Kruger on 31 agosto 2016

V de Venganza. Parte 4

Si la venganza tenía sabor, tal vez tenía un gusto muy agridulce mezclado con añoranza y una pizca de rabia.  Estos sentimientos entrelazados me guiaban en mi acto salvaje contra Romer.

En pocos minutos la fiebre negra tomo efecto, el liquido negro se introducía en el sistema sanguíneo del chico, esperé sentado a su lado a que los efectos llegaran uno por uno. El tiempo y secuencia de cada síntoma me los conocía de memoria, había visto todas las maldades que la dichosa droga producía, ya que la primera victima de todas sus atrocidades, el primer conejillo de indias de este experimento  fue mi propia hermana.

Lo primero que Romer sintió fueron ligeros mareos acompañados de un fiebre muy leve, se quedo recostado en el sillón de la sala esperando que las nauseas se le pasaran. Seguidamente experimento ansiedad ya que sus músculos y cuerpo en general sufrían una relajación y sensibilidad muy por encima de lo normal. Algunos de sus sentidos se agudizaron en especial el gusto y el tacto, la visión en contraparte se nublaba debido a la fiebre. El calor que sentía le hizo despojarse de toda su ropa de forma inconciente, respiraba con cierta dificultad pero eso era momentáneo; el niño ardía en llamas o mejor dicho en una sensación que el no conocía llamada excitación

Puse mi mano en uno de sus muslos desnudos y él tembló, casi se convulsiona de la emoción. Me acerque a sus labios, esos dulces labios de niño rico, no me había dado cuenta pero era uno niño muy bello. Su pelo liso color café, sus pómulos rojizos como tomate adornaba esa pequeña y redonda cara de rasgos finos.  Esos ojos celestes eran hipnóticos, y sus labios tan sencillos que deseaba que mi falo estuviese en ellos, pero ya habría tiempo para eso.

Lo acomodé en el sillón con las piernas abiertas de par en par, su pequeño pene era estaba tan erecto que la cabeza salio del prepucio. Su mirada perdida y su boca entreabierta era señal de su cuerpo estaba listo. La fiebre aumento un poco dando lugar a alucinaciones debido al calor que se acumulaba en su cuerpo. Esbozó una sonrisa débil y me miro con ojos cansados.

Miré el hoyito de su culo, se veía tan virgen que uno no pensaría que un pene como el mío pudiese entrar en el. Apunte mi falo a esa entrada estrecha y apreté con fuerza. Mi verga se introdujo de a poco causando una gran abertura a la entrada de su culo. Romer inmediatamente gimió como si lo disfrutara, y tal vez era verdad, aún no estaba seguro de si lo que sentía era placer o si su mente simulaba y confundía el dolor con el placer. En todo caso estamos hablando de la fiebre negra y esa droga logra lo imposible.

Me tarde unos minutos pero a falta de quejas logré introducírselo todo, deje mi verga reposando dentro suyo unos minutos, quería que el aro de su culito se amoldara a este instrumento vejador. Romer gemía mejor dicho gritaba de placer.

 

La droga llegó a su segunda etapa: lujuria. En esta parte él va a experimentar un aumento de fiebre que desencadenara una mayor sensación de placer y lo más importante fijara su atención sólo en mí, esto debido a que me verá como el causante principal de su estado eufórico, entonces deseará tenerme dentro suyo el mayor tiempo posible, implica también que hará todo lo posible para no me separe de su lado ni un segundo.

 

Y así pasó, Romer no paraba de mirarme de forma intensa, no para de gemir y lo mejor, no dejaba que mi verga se salga de su culito. Yo me agitaba con movimientos rápidos y constantes. Se la metía y sacaba como si ambos no fuésemos a morir mañana.  Hacia brincar el sillón de cuero con cada arremetida que le daba, su cabeza rebotaba en los cojines del sillón y el sonido de sus gemidos fue cada vez más sonoro, tanto así que tuve que maniobrar para prender el equipo de sonido y poner el volumen casi al máximo para amortiguar sus el ruido de sus aullidos.

 

15 minutos después yo estaba exhausto. Los dos estábamos bañados en sudor, nuestros sudores mezclados el uno con el del otro daba cuenta que nuestro acto sexual había llegado al clímax. Ambos en la misma posición en la que habíamos comenzado pero sin disminuir el ritmo, sentía como mi verga estaba por explotar literalmente, tan palpitante e hinchada que no para de arremeter contra su ya abierto culo que ya era el doble o quizá el triple de ancho. Romer se retorcía, no pudiendo aguantar tanta excitación y placer, sus ojos hundidos daban muestra también de su cansancio.

 

Saque mi verga y se la puse en la boca, le costo tragársela toda pero no objetó. Se la metí hasta la garganta, hasta tocar su amígdala que le provoca tremendas arcadas que después por puro instinto le provocó vomito. Expulsó todo lo que comió esa mañana pero poco le molesto porque siguió chupando o mejor dicho tragando verga.

 

Descargue mi semen prácticamente en su esófago. Grandes descargas se almacenaron directamente en su estomago, descargue mi rabia y mi odio dentro suyo, expulse mis rencores dentro de un inocente niño de 10 años ¡Qué estúpido!

 

Romer ahora era irreconocible. Bañando en sudor, semen y vomito, combinación mezclada con excitación y humillación. Apenas respiraba por la nariz y su boca estaba tan llena de mi líquido blanco que se la pasó escupiendo al suelo todos los restos que deje en su boca.  Parecía un drogadicto adulto después de una sobredosis; simplemente acabado. Esto era lo normal, las consecuencias de una dosis de fiebre negra.

 

Yo por mi parte estaba acostumbrado a ver esta decadencia. La viví por casi 5 años de cautiverio, la vi en cada nuevo niño que entraba en esa sucia y fria habitación en la que estuve cautivo, los veía pudrirse en vida a cada uno de ellos, los veía morir y no pude hacer nada………….nada.

 

Me dirigí a mi habitación con lágrimas en los ojos, golpee la pared hasta que me sangraron los nudillos, grité de furia, maldecía a todo: A Demeric, a la Organización y  a mi mismo por tomar esta cruenta alegoría de venganza y tratar de tomar “justicia” por mano propia.

 

Muy en el fondo sabía que me había trasformado en uno de ellos. En alguien sin moral y sin escrúpulos, que estaba dispuesto a todo para conseguir lo que quería. Me destruyeron, destruyeron todo lo bueno de mí y ahora que recién comenzaba mis devoluciones sentía remordimientos ¡Qué patético!

 

De repente me sentí como si estuviese nuevamente en ese sótano oscuro y con olor a mierda. Viendo como mi hermana era violada una y otra vez por nuestros secuestradores rusos que se turnaban por noche para saciar sus más bajos instintos. A veces la drogaban y a veces no; yo prefería cuando lo hacían pues al menos no sufría tanto, pero cuando no, ella lloraba intensa y profusamente, su dolor era demasiado como para poder soportarlo, pero yo igual no pude hacer nada por ella, por más que lo deseara.

 

Me la pasaba semanas enteras sentado en esa asquerosa silla de madera, solo me dejaban levantarme de ella para hacer mis necesidades en otras silla de madera con un hueco en medio.

 

Los días y noches eran interminables, oscuridad por todas partes y gritos de niños salidos de paredes aledañas que le daban un toque tan siniestro al lugar que apenas podía conciliar el sueño. En serio no sabía cuantos niños cautivos había en todo el lugar, ni siquiera tenía una vaga idea, debían ser muchos porque los quejidos y gritos venían de todas partes.

 

Pasaron algunas semanas y al fin me sacaron de esa mugrosa silla que me conocía mejor que mi madre. Y me pusieron a trabajar de lleno, más que trabajar era un tortuoso trajín de idas y venidas en calles desconocidas o bares clandestinos, mi objetivo era distribuir todo tipo de droga: desde éxtasis, pasando por la cocaína, metanfetamina y algunas pastillas raras de las que no sabia su nombre. Me amanecía en aquellos lugares, siempre supervisado por un hombre alto de nombre Rimsky que nos controlaba  a mí y a otros cuatro muchachos de distintas nacionalidades.

 

Ahí conocía Jhon, en ese tiempo él se veía muy optimista, tenia una broma para cada particular situación. Me contaba historias suyas para pasar el rato en aquellos bares. Empezó por decirme que él era gay o al menos eso creía porque no tenía ningún interés por el sexo opuesto; a partir de ese momento no dejaba que Jhon se me acercara por las noches. También me contó que lo trajeron por accidente a ese lugar ya que él se encontraba sin familia, sus padres había muerto y rondaba por las calles solo y con mucha hambre. Los hombres rusos seguramente lo vieron como presa fácil.

 

Nos cuidábamos el uno al otro de alguna amenaza o algún favor (como conseguir cigarrillos, o dinero extra), el caso es que a Jhon le daba pena el estado en el que se encontraba mi pequeña hermana, que cada día que pasaba se ponía peor. La droga la volvía inestable, le carcomía la cabeza y los recuerdos. Apenas me recordaba a mi o a nuestros padres. Lo único que quería era más de esas eyecciones de fiebre porque por lo menos con ellas sentía placer. Buscaba objetos grandes en la habitación y se las metía por la noche en sus partes intimas para sentir algo de dolor o placer; era horrible verla así, la chispa de sus ojos había desaparecido dando parte a un mirada vacía y sin luz.

 

  • Señor Mark ¿Qué me esta pasando?

 

Era la voz de Romer que se había colado en mi cuarto para despertarme de mi ensueño. Me di la vuelta para atenderlo

 

El pequeño niño temblaba  de pies a cabeza, era otro síntoma de la fiebre: serenidad, esta era la fase previa a lo que los rusos denominaban la tormenta. Cuando el niño esta sereno le viene un repentino frío y su mente se aclara por algunos minutos; analiza la situación.

 

Me observa como tratando de entender lo que acababa de suceder. Tiene la mirada perdida, los ojos cansados, los brazos caídos y la mente despierta, era como despertar de un profundo sueño oscuro. Este episodio también es llamado el ojo de la tormenta porque la calma es momentánea, en seguida llegaría el final del efecto como la explosión de un volcán inactivo.

 

Aliste la cama para nuestro encuentro carnal. Las cámaras también estaban preparadas y listas para grabarlo todo, para documentar el segundo paso de mi venganza.

 

Tomé la mano de Romer y lo llevé directo a mis aposentos donde también me había cogido a su madre. Los temblores se aminoraron y comenzó a palidecer y a excitarse nuevamente.

 

Lo coloque de espaldas hacía mí, con las piernas casi colgando en los laterales de la cama. Apunte mi verga a su desflorado ano y se lo metía de lleno.

 

Romer gritó y después gimió fuerte, relajo el esfínter para que la penetración sea completa. Acomode mi pelvis para que los vaivenes sean continuos e ininterrumpidos. Me agité dentro suyo chocando mis muslos con sus nalgas para que sonaran, agarré su cintura para que no se separa mucho de mi, mientras Romer seguía gimiendo con ensordecedores gritos de placer.

 

Uno no podría creer que un pequeño niño de 10 años podía soportar semejante ultraje, pero era cierto, y todo gracias a esta maravillosa droga. La organización debió ganar millones con ella, comercializándola a todo el mundo, corrompiendo vidas inocentes, destruyendo familias y satisfaciendo las fantasías de sus clientes,  pues hasta en los países más ricos tienen sus propios infiernos.

 

 

  • ¡Me estas viendo Demerik! – grito a la cámara mientras continuo agitándome furiosamente sobre Romer – ¡Esto es lo que tú has provocado! ¡Pero esto es lo que te mereces o lo que tus seres queridos se merecen por tú culpa! ¡Este es solo el comienzo!

 

Siento el éxtasis llegar pero también me siento furioso, es una mescolanza de emociones opuestas que acaban llenando el culito de Romer con lo que yo denomino “el semen maldito”.

 

  • Solo observa Demerik, que para Jennifer se vienen cosas peores.

 

Fin de la parte 4