Jodie: La Niña de mis Pesadillas (Capítulo 4)

Posted in Jodie: La Niña de mis Pesadillas by Kruger on 22 septiembre 2016

Jodie: La Niña de mis Pesadilla

Capítulo 4: Los demonios llaman

Cuando Ben tocó la puerta de su casa traía las manos sudadas por el nerviosismo y unas ojeras muy marcadas. No durmió muy bien las dos noches anteriores, no era para menos, con una niña dotada con poderes sobrenaturales y con una inclinación por el canibalismo quien podría dormir.

  • Relájate Ben- dijo Jodie que estaba a su espalda como queriendo aparentar timidez – Tú esposa no te va a creerte si sigues así de nervioso.

Su voz era como la de cualquier niña normal, toda inocente y pura, pero Ben se preguntaba una y otra vez como aquella niñita podía ser tan despiadada. Aún vestida como cualquiera de su edad con chompa, guantecitos de lana y chalina por todo el cuello. Y esos lentecito medialuna que la hacían ver inmaculada.

Ben respiró hondo al oír los pasos de su esposa al acercarse a la puerta.

  • ¿Ben? ¿Qué diablos te pasó? Estuviste desaparecido cinco días y ni una llamada, me tenías preocupada.
  • Sara en verdad lo siento, es que sucedieron muchas cosas y no sabía cómo explicarte.
  • Explicarme que –La mirada de Sara era desafiante, Ben se puso incómodo.
  • Yo, yo…… – Dijo tartamudeante, el nudo en su estómago era cada vez mayor – yo no sabía, yo no sabía lo juro. Ella apareció de la nada, me llamó, me dijo que venía a la ciudad, dijo que quería verme, y que quería decirme algo importante.
  • ¿De qué estás hablando Ben?
  • Fue mi ex novia, Clarisa, no sé si te conté sobre ella, era muy quisquillosa ¿sabes? La conocí en una fiesta de la fraternidad, bebimos un par de copas, una cosa llevo a la otra y lo hicimos, fue antes de conocerte un mes antes quizá. El caso es que ella vuelve después de ocho años y me dice que……..que……….que tengo una hija.

Silencio sepulcral.

  • ¡¿Qué?! – exclamó.
  • Yo no sabía lo juro, me sorprendió porque después de que corté con Clarisa ella jamás me volvió a llamar y me sorprende con ella – apretó la mano de Jodie para que se presente y ella cabizbaja se paro a lado de Ben.
  • Ella es Jodie – continuó diciendo – tiene 8 años y Clarisa me la acaba de dejar.
  • ¿Qué ella qué? – Sara estaba desconcertada como si la hubiesen abofeteado en la cara con un guante de hierro.
  • Yo sé que es difícil de asimilar, yo tampoco lo asimilo por completo, pero es la verdad y ahora Clarisa quiere que yo me haga cargo, dice que me toca hacer el papel de padre.
  • Me dices ¿Que tuviste una novia de la que no tenía idea, que la embarazaste, y que ahora te deja a una niña que se supone que es tú hija, y que ahora debes cuidarla?- Sara estaba a punto de explotar, la niña se puso de nuevo a sus espaldas.
  • Si, prácticamente es eso. Lo siento.
  • Vete- dijo Sara guardando la compostura – Vete ahora por favor. Y agradece que tienes a un niña a tus espaldas porque sino ahora mismo te rompería la cara.

Aquello último le sorprendió, jamás la había visto tan alterada. Ben se alejó de la puerta con Jodie detrás, ambos dieron media vuelta y se dirigieron al coche.

  • Volveré cuando todo se haya arreglado.
  • Por favor no vuelvas, es por tú propio bien – Dijo Sara antes de dar un portazo y cerrar la puerta con llave.

Ben encendió el auto y se fue.

  • Eso último fue obra tuya ¿verdad? – Dijo Ben mientras conducía – tú pusiste esas palabras en su boca.
  • Solo hice las cosas más fáciles. Ella te quería mostrar compasión, y eso hubiese complicado todo. Ahora cuando ella te vea no sentirá nada más que odio por ti hasta que tu o yo muramos.
  • ¡¿Por qué Jodie?! ¡¿Por qué yo?!
  • Tú me salvaste recuerdas, ahora eres responsable de mí.
  • ¡¿Qué mierda eres?!
  • Eso… ni yo lo sé.

Ben estaba agotado, se veía a través del espejo retrovisor y sus grandes ojeras decían que no estaba bien, que sus fuerzas en cualquier momento flaquearían y que en cualquier momento perdería el control del motorizado y se estrellarían. Quizá era lo mejor, así acababa con este infierno de una vez y daba paso a la tan ansiada paz que buscaba desde que se metió en este sin fin de acontecimientos que empezaron en el hospital Saint Row.

Jodie lo observaba de reojo, ella también notaba su cansancio, pero era normal, cualquier persona sufriría de ansiedad y terror después de ver a una niña de ocho comerse a dos adultos en un motel. Ver la sangre y viseras esparcidas por todos los rincones de la habitación, junto con los huesos de las víctimas, debe ser toda una experiencia. Pero el viaje continúa y aún tenía planes pendientes ahora que era libre.

Sabía que sus perseguidores no claudicarían fácilmente, no ahora que continuaría con el ritual. Era solo cuestión de tiempo para poder finalizarlo y para ello necesitaba ciertos “elementos”, tres de esos elementos debían ser puros, tan puros como la nieve que caía sobre el asfalto y los otros tres debían ser impuros y tan oscuros como el carbón de extraído de lo profundo de la tierra.

  • Conduce hacia el sur.
  • ¿Algún lugar en específico?
  • Tú solo hazlo, yo te diré cuando estemos cerca. Tenemos que recoger a ciertas personas.

Ben no sabía de lo que la pequeña niña con gafas era capaz, pero no podía cuestionar sus órdenes. Como demostró antes, tiene ciertas habilidades oscuras y no sabía a ciencia cierta que otro tipo de facultades poseía esta especie de bruja, que al parecer podía controlar la mente de las personas, obligándoles a hacer lo que ella quisiese, esto incluía automutilación y asesinato como lo demostró en el motel.

  • Se lo que estás pensando Ben- dijo con cierto aire cansado- pero yo también tengo mis límites, esto no lo hago por capricho, sino por necesitad. Los tipos que me buscan volverán, tienen oídos en todas partes y la única forma de detenerlos es siendo libre.

Esa última parte Ben no la entendió del todo, pero las preguntas no servirían de nada, lo único importante era salir con vida de este cautiverio momentáneo, o por lo menos frustrar los planes de esta pequeña demente.

  • Sabes que puedo leer tú mente ¿verdad Ben? Deja de pensar que soy demente porque no tienes ni idea.

Ben guardo silencio mental, trato de no pensar en nada pero era difícil, tenía la cabeza revuelta y un nudo en el estómago. Las náuseas volverían y no sabía si podía continuar aguantando las arcadas, pero de repente los retorcijones se fueron y su mente quedo serena.

  • Así es Ben, también puedo hacer eso.

Llegaron a los suburbios de la ciudad. Era un lugar poco amigable, con edificios de apartamentos sobrepoblados, con tendedores de ropa que colgaban de extremo a extremo, grafitis en los muros circundantes y pandilleros apostados en varios lugares, que observaban de reojo el coche de Ben.

  • Dobla a la derecha y estaciónate.

Miró a ambos lados antes de doblar y se estacionó tras una camioneta guinda marca Ford.

Jodie tenía los ojos fijos en la camioneta. Había dos ocupantes dentro de ella, un adulto y una niña de no más de 10 años. Parecía que charlaban de forma amena y de repente se detuvieron, se pusieron firmes y tiesos como si una corriente eléctrica les atravesara toda la espalda. La niña salió del auto, cerró la puerta, se dirigió al auto de Ben, se sentó en el asiento de atrás y se quedó quieta como una estatua.  La nueva acompañante tenía el pelo negro y liso, ojos igual de oscuros, labios y mejillas rosadas. De cuerpo delgado y piernas bastante flacuchas. Llevaba puesto una chamarra desgastada de color chicle y pantalones oscuros. Ben la llevaba mirando un rato hasta que Jodie le ordenó:

-Arranca.

Ben tenía miedo de objetar por lo que solo se dispuso a hacer lo que ella decía, no sin antes mirar de reojo al padre de la menor que seguía tan estático desde que Jodie comenzó a mirarlo.

Otro par de horas manejando, ahora hacía el este.   Ben no tenía idea de lo que planeaba la niña sentada a su lado pero tenía que pensar en algo para evitarlo. Si todo terminaría como en el motel con aquellos dos sujetos jamás lo superaría.

Había lapsos en los que Ben perdía el conocimiento y despertaba cuando llegaban a su destino, esto obviamente era obra de Jodie, pues así era como lo trasladaba de un lado a otro. Esto lo incomodaba porque daba la impresión de que estaban viajando durante semanas y para él solo eran horas.

Finalmente arribaron otro pequeño pueblo rural: edificios cortos, autos modestos y poca afluencia de personas por las estrechas calles. Quería pararse a  preguntar pero Jodie le dijo mentalmente que desistiera de la idea. Se estacionó junto a pequeño parque a las orillas del océano. El bramido del mar era estruendoso y el cielo nublado obligaba a pensar que se acercaba una tormenta. No había nadie jugando en los juegos ya que el viento soplaba a raudales.

De repente se abrió la puerta de atrás y  sentó otra niña de la misma edad que la anterior, salvo que ella tenía el cabello rubio y ojos azules, pero lo que la destacaba era su piel que parecía tan blanco como la nieve. Llevaba puesto un abrigo celeste y unos vaqueros. Cerró la puerta tras de sí y quedo en la misma posición que la otra niña de cabello oscuro.

  • Esto no me da buena espina Jodie- se quejó mientras daba la cuerva para volver al camino.
  • Mientras menos sepas mejor, pero para futuras referencias, ella es Sara – Dijo señalando a la niña del cabello negro- y ella es Dora – dijo señalando a la niña rubia- No necesitas saber más.

Ben resopló molesto, presentía que esto de los viajes duraría más tiempo del que se imaginaba.

Apenas salía a la carretera perdió nuevamente el conocimiento.

La última niña fue recogida del otro extremo del país. Jodie se las apañaba para mantener a las niñas tranquilas adormeciendo sus mentes al mismo tiempo que hacía que Ben maneje en estado inconsciente. El tiempo se le terminaba, los temblores en sus manos comenzaban a manifestarse. Era el primer síntoma de muchos.

Despertó a Ben frente a un restaurante a las afueras del pueblo de la última niña recogida.

  • Ben, necesitamos comer. Tienes que bajar a comprar comida – dijo Jodie, que parecía más pálida de lo normal.

Él se sorprendió de ver a otra niña en el auto y más aún al darse cuenta que esta última traía el pelo rojo muy intenso, quizá la claridad de la tarde le hacía verse así. La nueva niña era de piel muy clara, cara redonda y rasgos finos, llevaba puesta un poncho marrón y que le llegaba hasta las rodillas, Ben no alcanzo a ver si llevaba puesto unos pantalones.

Salió del coche rumbo a la entrada del restaurante de aspecto local, es decir, un local de comida al paso, de esos que se encuentran en medio de la carretera donde sólo te sirven café y pan tostado.

Llego a la barra y afortunadamente vio que también servían hamburguesas, pidió media docena y algunas sodas para el camino. Un grupo de turistas también llegó al lugar, eran una buena cantidad de personas porque colmaron en pocos minutos todo el establecimiento. Ben se vio rodeado de ellos pidiendo todo lo que ofrecía el restaurante, dedujo que tendría que esperar varios minutos más antes de volver al auto.

  • No te muevas ni digas nada, sino ella lo sabrá- dijo una voz rasposa tras de él.

Ben se puso nervioso, al parecer los problemas no paraban de llegar.

  • Lo que te voy a decir es muy importante – continuo diciendo el hombre a sus espaldas- Jodie es muy especial para nosotros, y la queremos de vuelta, pero también sabemos lo peligrosa que es. Ella solo puede leer la mente de una persona a la vez por lo que tuvimos que armar esta distracción para hablar contigo. Va a sacrificar a esas niñas que están en el auto, nos lo había dicho antes pero no le hicimos caso, y por eso escapo, aun no entendemos el porqué de este “ritual” suyo pero no nos interesa, solo ella nos interesa y lo que puede hacer. Pero ese no es el punto. Sabemos que te tiene de su peón y cuando ya no le sirvas te matara también, ya viste lo que les hizo a dos de nuestros hombres. No podemos darnos el lujo de fallar, por eso necesitamos que hagas algo por nosotros.

El hombre le pasó por detrás una hoja de papel gruesa, lo metió directamente en su bolsillo. Ben quiso hacerle miles de preguntas pero el hombre lo interrumpió primero.

  • No digas nada, sino ella se dará cuenta, no pienses en nada de lo que te dije, o estarás muerto. Utiliza lo que te di cuando sea el momento, ¿Y cuándo es ese momento? Cuando esté a punto de matarte. No intentes detener el ritual, porque será peor y no te libraras de ella, si haces caso a lo que te digo quizás podrás ver a tú familia de nuevo ¿No es eso lo que quieres? Ahora vete, tú orden ya está lista.

Vio a la camarera con su pedido y cuando se dio vuelta el hombre se fue. Palpó levemente su bolsillo y noto que lo que le había entregado era una fotografía, la saco una fracción de segundo y se quedó paralizado.

  • ¿Pero qué rayos es esto?

Fin del Cuarto Capítulo

Dos niñas, una cabaña y mi vida por el caño.

Posted in una cabaña y mi vida por el caño. by Kruger on 21 septiembre 2016

¡Toc!, ¡Toc!, ¡Toc!

 

  • Papá, ¿Qué están haciendo allí dentro?
  • Nada hija, ve a cambiarte al cuarto que ya vamos para allá tú hermana y yo – dije a través de la puerta.

Diana volvió a tocar la puerta la puerta con más fuerza, al parecer no le gustaba esperar o  le picaba tanto la curiosidad por saber lo que yo y su hermana mayor Mika estábamos haciendo, pero no podía, no por ahora.

 

Aumente la presión de la ducha para que haga más ruido y así no pueda escucharnos.

 

  • Papá, ya déjame entrar, ¡no me gusta estar solita! – vociferó

 

¡Dios qué niña más escandalosa! Me ponía los pelos de punta escuchar sus quejas, ¿No podía dejarnos en paz unos minutos?

 

  • Ya salimos Diana, ya vete al cuarto o sino no habrá pizza esta noche – dije para calmarla. Decirle que pediría pizza era mi manera de controlarla.

 

La escuché alejarse con pequeños saltos hacía mí habitación.

 

  • Bueno, ¿En que estábamos?

 

Mika no me respondió, se limpiaba las lágrimas de los ojos.

 

Ambos nos encontrábamos dentro de la tina llena de agua y burbujas, el olor a jazmín de su shampoo impregnaba el lugar, el vapor del agua empañó los vidrios y el espejo del lavabo.

 

Me encontraba parado a su lado, el agua me llegaba casi a las rodillas, en cambio a ella le llegaba un poco más arriba de eso. Vaya que era preciosa mi niña, con ese cuerpo tan bien formado: muslos firmes, caderas delgadas, ombligo de botón, pecho plano y pulcro. Brazos delgados, cuello estirado y fino, mejillas rosadas, ojos celestes como los de su madre, nariz respingada, cabello claro con ondulación en las puntas  y labios bien definidos. ¡Vaya, con razón me obsesioné con ella!

 

Pero lo que más me gustaba era esa increíble, preciosa y suculenta rajita sin bellos. ¡Oh si! Esa cosita brillaba con luz propia. Me dejaba ciego de placer de solo observarla un momento. Me gusta darle cariñitos y lamidas a esa línea vertical perfecta, era como saborear el dulce néctar de la vida. Y mejor aún era ver como pequeñas gotas de agua resbalan sobre esos labios vaginales, hacían que se viera más…………..apetecible.

 

En si, yo estoy loco de ansiedad  por saborear ese delicado cuerpo suyo.

 

Así que al grano.

 

Le ordené que se volteara y que pusiera sus manos en la pared de azulejos, después que se agachara y se abriera con las manos esas preciosas nalgas redondas y que me mostrara esas aberturas estrechas de ano y vagina, divididas finamente por esa línea universal que las unía y separaba.

 

Su culito no era virgen, ya me había encargado de eso, no fue fácil, pero con tiempo y mucha persuasión todo es posible. Sin darme cuenta ya tenía insertada media verga dentro de su culito casi sin esfuerzo. Mika se quejaba, siempre lo hace, no le gustaba que se la meta por ahí, le causaba mucho dolor, yo creo que exagera; su boquita me dice que no pero su culito se traga fácilmente mi falo.

 

Su anito era estrecho pero sus nalgas eran prominentes para su edad, me gustaba darle un par de azotes a esos grandes cachetes solo por el placer de escuchar su sonido. Le di dos fuertes nalgadas a ambas, estas se pusieron rosadas y emitieron un sonido tan dulce que me volvía loco. No escatime en fuerza y como mandaría mi vida por un tubo entonces debía aprovechar este fin de semana al máximo.

 

¡Toc!, ¡Toc!, ¡Toc!

 

  • ¡Papá ya salgan que sigo sola aquí!

 

¡Mierda! Ya te va a tocar pequeña, ya te va a tocar.

 

  • Ya salimos cariño, espéranos en mi habitación.

 

Me despegue de Mika con cuidado y vi que su anito había crecido enormemente, era precioso, tan rojizo que daban ganas de metérselo nuevamente pero ya habría tiempo para otro encuentro.

 

Nos secamos y por fin salimos del cuarto de baño.

 

Mika cabizbaja se fue directo a su habitación y cerró la puerta con llave. ¡Qué tonta! No sabe que tengo las llaves de toda la casa.

 

Diana estaba en mi habitación, revoloteando por todas partes sin nada puesto,  era una niña hiperactiva y desinhibida, eso me gustaba. Me encanta su inocencia y su sonrisa sincera.

No tiene ni idea de lo que le hago a su hermana mayor puesto que vive con su madre, solo la puedo ver algunos fines de semana del mes y en la fiestas de fin de año.  Eso no me molesta pues tengo a Mika pero creo que ya es tiempo de cumplir una de mis más grandes fantasías y este fin de semana es perfecto.

 

Diana me mira y sonríe, le devuelvo la sonrisa. Tiene los ojos y el pelo rubio de su madre pero tiene mi sonrisa, es divertido hacer comparaciones, ella se parece más a mí  que Mika. ¿Será por eso que preferí elegir a Mika en custodia?

 

Me abalanzo sobre mi pequeña y desnuda niña rubia, quien grita de forma histérica y divertida. Le hago cosquillas en todo el cuerpo como escusa para manosearla, tiene una piel increíble mi niña, es tan tersa y suave como la seda, me  provoca cierto grado de placer el solo tocarla.  Juego con su pelo que es tan  rizado y dorado como la de Shirley Temple y sus cachetes rosados como de una muñeca pepona.

 

Acaricio cada parte de cuerpo con locura y desenfreno, palpando su tierna piel, alcanzando sus zonas erógenas y sensibles, apretando con mis dedos su clítoris y nalgas, cacheteando sus mejillas y muslos como si fueran pelotas de volleybal. No quiero esperar más, quiero que esta pequeña de 8 años sienta mi enorme verga en su interior.

 

Después de haberla manoseado unos minutos, me preparo para lo que vine planeando meses atrás, cuando perdí la cordura y me deje llevar por estas enfermas ideas mías.

Saco una cuerda de montaña de debajo de la cama  junto con una mesa plegable, la armo, y la pongo junto a la cama. Diana observa curiosa el significado de esta mesa, pero no dice nada, a ella le gustan las sorpresas y sabe que la mesa significa algo importante.

 

Ambos estamos desnudos cuando la echo encimade la mesa. Sin decirle nada ato sus manos y pies, los extiendo hasta las esquinas, realizo los  nudos respectivos en cada esquina y los aprieto con fuerza. Diana no se queja por estar en esa situación, es más, me sonríe pensando que se trata de un divertido juego.

 

Vamos a ver cuanto le dura esa sonrisa suya.

 

De debajo la cama saco otra de mis armas secretas: una vara de azote. Es delgado, flexible y con cierta longitud para graduar el castigo; es perfecto. Lo levanto en alto para que mi niña lo observe, ahora noto cierto grado de miedo en su mirada, presiente que algo malo va a ocurrir.

 

El bastón acaricia cada parte de su cuerpo, lo tantea y mide como escaneando los puntos débiles, para después ser ejecutado con éxito.

 

– Te voy a castigar por ser una niña mala – le digo con una sonrisa amplia, mi intención es causarle el mayor temor posible.

 

Primero suave, golpecitos suaves en sus muslos, Diana se estremece, agita todo su cuerpo con cada golpecito que le doy. Aumento la dosis de fuerza, primero en un muslo después en el otro hasta que estos adquieren un todo rosado, ella comienza a protestar: yo continúo con el castigo, lo importante aquí es disfrutar de su sufrimiento.

 

Seguidamente paso a su estomago que esta tan plano y hermoso que volverlo rojizo será un placer. Golpecito tras golpecito cumplo con mi cometido, la vara se agita con cada golpe y me emociona escuchar el sonido que este produce.

 

  • Basta papá, me duele mucho, duele.
  • ¿Papá? Creo que ese titulo ya no lo merezco, de ahora en adelante me llamaras “mi señor” ¿de acuerdo?
  • ¿Qué? – dice la pequeña con la mirada confundida y asustada, yo me limito a darle tres fuertes azotes en su estomago antes de replicarle.
  • ¡Dije que de ahora en adelante me dirás “mi señor” sino quieres que te siga azotando niña malcriada! – Grité.
  • ¡Mi señor, mi señor!

 

Diana comienza a llorar, su barriga estaba tan roja como un tomate pero mi ego estaba en el techo.

 

Era hora de cambiarla de posición.

 

La desaté, la voltee como si fuese tortilla y la volví a amarrar.

 

Su colita parada era  preciosa y de solo pensar en darle tremendas cachetadas a esos pedazotes de carne me excitaba en sobremanera, así que ¿Para que perder el tiempo si toda ella estaba a mi libre disposición?

 

La vara se dio un festín de golpes sobre sus nalgas, tan sonoros eran los golpes que sentía que los vidrios de la habitación vibraban, mis manos envidiaban a la vara, no solo ese instrumento debía tener el placer de azotar esas montañas de carne. Mi mano derecha se dio el lujo de nalguearla un par de veces solo para conocer el contacto de esa piel sublime que tenia mi niña.

 

Diana lloraba y lloraba pero lejos de darme pena me daba satisfacción y ánimos para continuar con mis castigos. Minutos después sus nalgas quedaron tan rojas y marcadas como si las hubiese marcado con fierro para herrar ganado. Di un largo suspiro. Se veían estupendos pero aún me faltaba algo por hacer.

 

La desaté de nuevo y la volvía voltear de frente pero esta vez con las piernas estirada hacia atrás. Hace algunos días instalé un colgador de pared para que las cuerdas quedasen ajustadas ahí, pase unos minutos haciendo nudos en sus talones para poderlos anudar en el colgador y así sus piernas quedaran bien estiradas  y que ella no se moviera de esa posición, el objetivo: que su panochita quede libre y abierta.

 

Casi falto soga, pero me las apañe para que quedara bien amarrada. Era el momento, mi corazón palpitaba a mil por hora y mi verga estaba bien parada, por precaución cerré la puerta del cuarto con llave; lo que vendría sería tremendo.

 

Se le veía toda su rajita, desde el comienzo hasta el fin, desde el monte de Venus hasta donde terminaba su anito. Saque de mi caja de sorpresas otro de mis juguetes de la noche: un látigo de tres puntas hecho de cuero. El instrumento era precioso y elegante que con su sola presencia Diana comenzó a temblar del miedo.  Empecé con pequeños golpes en su parte más sensible: el clítoris.

 

El látigo se extendía por toda su panocha infantil provocando un sonido seco.

 

-¿Quién soy? Dime esclava ¿Quién soy? – le decía mientras la azotaba.

– Mi señor, mi señor – respondía mi niña con la voz quebrada por el llanto.

 

Los minutos pasaban y mi niña se retorcía y gritaba sobre la mesa por el intenso dolor que le provocaba, sus pies se tornaban rojos por mis apretados nudos y había derramado tantas lágrimas que se formó un pequeño charco alrededor de su cabeza. Yo no claudicaba con mis azotes en su piel, su rajita se  tornaba rojiza, ese color exquisito, era mi color favorito, transmitía cierta sensualidad y pasión, pero quizá el azotarla de esa manera era mi deleite, mi droga, mi poder.

 

El dolor de criaturas indefensas me provocaba mucha emoción después de una vida aburrida y gris. Este era  mi retribución a todos eso años de estar siempre reprimido, con la sociedad viéndote con malos ojos, siendo acusado de algo de lo que no eres culpable. Yo amo a los niños y desde siempre fue así, ahora si me condenan y amedrentan por eso entonces ellos son los culpables. El monstruo que ellos han encarcelado por fin se ha liberado y de la forma más gloriosa; sobre su propia descendencia.

 

Saque otro de mis juguetes sexuales, esta vez es un dildo blanco, es relativamente pequeño, pero vibraba con solo ajustar la manija. Vamos a ver si mi niña aprendió su lección.

 

Se lo puse en el clítoris apretándolo para que lo sintiera, mi niña se convulsionó pero no protestó, para ella era una sensación diferente, después de tanto castigo por fin una sensación agradable.

 

Placer en medio del dolor, esa es mi lección.

 

¡Toc!, ¡Toc!, ¡Toc!

 

  • ¡Papá! ¿Qué le haces a mi hermana? Déjala en paz.

 

Mika protestaba, mientras yo estaba muy feliz apretando el dildo blanco en la rajita de Diana, poco o nada me importaba lo que Mika dijera.

 

Diana sentía como el pequeño instrumento la ponía caliente, lo veía en sus ojos, en la relajación de su cuerpo por el simple contacto.

 

Introduje levemente la punta de aquel juguete dentro de la pequeña abertura de su ano, este era tan pequeño que apenas le cabía la punta. Lo fui aprentando poco a poco para que entrara. No tenía mucha paciencia por lo que apreté con fuerza  y el culito fue cediendo ante el. Diana no protestaba pero tenía una expresión incomoda en el rostro, seguramente le resultaba extraño pero no doloroso.

 

¡Oh! pequeña Diana, mientras más incomoda estés más disfruto yo.

 

La punta ya estaba dentro, pero no podía parar de introducirlo, giraba el dildo sobre mis dedos como taladrando para poder llegar hasta el fondo, mientras ella sufría en silencio. Después lo metía y sacaba para que se ensanche. Yo sabía que el ano de mi niña era más flexible que su vagina, había experimentado todo esto antes con Mika y los resultados provocaban menos trauma para ella y más placer para mí.

 

Muchos minutos pasaron, y a mi pequeña se le entumecían las piernas por estar en la misma posición. Su rostro cansado y sus brazos caídos me indicaban que ya no podía soportarlo, sin embargo yo presentía que era el momento preciso para aumentar mis castigos. Tomé  látigo con una mano mientras la otra mantenía el dildo dentro de su culito casi desvirgado, lo siguiente que hice ya se lo imaginarán.

 

Diana derramaba lágrimas de dolor y placer, sus mejillas ruborizadas y sus ojos apretados la delataban, era evidente, estaba sufriendo pero su cerebro cambio ese dolor por algo más placentero, una sensación inusual conocida como masoquismo. Al notar aquello saque rápidamente el dildo de su culito y comencé a friccionar su clítoris con locura. Mi dedo temblaba y apretaba con fuerza esa zona erógena. Fue difícil encontrar el ritmo para esta forma de estimular esas dos emociones que experimentaba pero yo intuía que el cuerpo de mi niña estaba por convulsionar.

 

No creí que funcionaría, de hecho Mika nunca mostró esas expresiones, siempre estaba a la defensiva, suplicándome que la dejara de penetrar. Ahora Diana estaba en nueva etapa, una etapa que cambiaría su vida para siempre. Lastima que solo durará un día pues ese era mi límite.

 

Diana tuvo su primer orgasmo en silencio, contrayendo las piernas, cerrando los ojos con fuerza y aprentando lo dientes. Su cuerpo temblaba en sobremanera y al final se desplomó inconciente.

 

  • ¡Increíble! – esa fue la primera palabra que se me vino a la mente.

 

Mika toca nuevamente la puerta.

 

Bueno creo que ya era tiempo de seguir con esta lujuriosa noche, era el turno de Mika de entrar en acción.

 

Abrí la puerta de repente para sorprenderla. Todavía lleva puesto el salto de baño rosado, ha estado pendiente de su hermana todo este tiempo que ni se ha cambiado la ropa. Tiré de su muñeca y ella entra a la habitación trastabillando. Mira a su hermana atada sobre la mesa y se queda helada, no da crédito a lo que ve. La verdad  no había practicado esto de la sodomía con Mika, pero ganas no me faltaron.

 

Antes de que  reaccionase la empuje a la cama como suelo hacer cuando estamos solos en casa, esta era mi manera de decirle que se prepare porque me la cogería. Ella se volteo rápidamente y me miró con furia, era claro que no le gustaba para nada lo que le había hecho a su pequeña hermana, yo me limite a lanzarle una mirada seductora.

 

Me coloque encima suyo capturando con mis manos sus muñecas para que no se resistiera más. Ella trataba se zafarse pero nunca lo lograría; la haría mía otra vez. Dejo su mirada de odio y paso a la de la resignación, no tenía caso resistirse a su querido padre, como sea ganaría la batalla.

 

Le quite la bata de baño y lo lance por los aires sin ver donde caería ya que mi mirada no se apartaba de mi querida hija.

 

Ver nuevamente ese cuerpo rosado y puro siempre era un deleite, y saber que ese cuerpo suyo me pertenece por completo hace que pierda rápidamente los estribos.

 

Bese con desenfreno total cada parte de ese cuerpo perfecto, lamia sus pequeños pezones apenas perceptibles hasta llegar a su zona delicada que tanto me gustaba saborear. Lamia, chupaba y mordisqueaba ese pequeño clítoris que de a poco se enduraba. Mika se retorcía y suspiraba, siempre lo hacía, quería evitar mis intromisiones aunque muy en el fondo le gustaba todo aquello, muy en el fondo le hacía sentir feliz.

 

Me deleite varios minutos con el sabor exquisito de su cuerpo, antes de continuar con mi noche de placer.

 

Mika se veía agotada como si un turbión hubiese pasado por toda su cabeza, tenía el pelo alborotado, la cabeza sudada y la su respiración agitada, era claro que me había pasado con el lengüeteo. ¡Pero que va! Si apenas estoy empezando.

 

– Tú y tú cuerpo me pertenecen – le digo casi susurrando, siempre se lo digo antes de cogérmela, eso hace que se resista menos.  Ella asiente con visibles lágrimas en los ojos, sabe que no tiene otra opción, sabe que digo la verdad. Ella es mía y de nadie más.

 

Abro sus piernas de par en par y empiezo a restregar mi verga contra su rajita para iniciar la lubricación. Esta se humedece casi al instante y no es para menos, mi verga esta a punto de estallar por la espera. No me podía aguantar ni un solo segundo  más, debía comenzar a desahogarme en ella. Acomodo mi pito en la entra lubricada de su pequeña vagina desvirgada, y se la introduzco a los pocos segundos.

 

Mika rompe en llanto.

 

Su bello y frágil cuerpo tiembla ante cada embestida mía, sus piernas tiemblan y sus lágrimas caen a través de sus rosadas mejillas. Me encanta abusar de ella, me llena de adrenalina y placer el introducirme dentro suyo, me enaltece verla tan indefensa y adolorida, es como una maldita droga que se expande hasta mi cerebro, un sentimiento que solo puedo conseguir por medio del sufrimiento de otros.

 

Cuatro años de abuso y siento como si fuese la primera vez, Mika siempre llora y ese llanto solo provoca que la desee aún más. La cama vibra por la intensidad del momento porque yo por lo general soy una bestia cuando estoy encima de Mika. Ella no se acostumbra al dolor, el dolor es algo que su cerebro no ha transformado en placer.

 

Le doy la vuelta de repente para cambiar la posición y el hoyo. Coloco sus deliciosas nalgas frente a mi verga palpitante que apunta a su anito, y la penetro sin contemplaciones. La primera estocada es letal, hace que ella se retuerza y trate de zafarse de mí, pero no puede porque fuerzo la penetración al sujetar con mis manos sus hombros y de nuevo empieza el bamboleo.

 

Es increíble ver como ese pequeño ano puede soportar mi verga erecta, es casi como un milagro. Esos son los beneficios del anito infantil, este siempre es  elástico. Mi falo se perdía por completo y por dentro se sentía estrecho y algo apretado, pero no me impedía sentir el máximo placer al introducirlo. Era magia pura.

 

  • Papá, ¿Qué le haces a Mika?

 

Diana se había despertado y observaba atentamente la escena sexual que tenía con su hermana mayor. Esto no podía ponerse mejor.

 

Me despegué de Mika cuyo llanto se había convertido en poco menos que un susurro débil. Me levanté de la cama y me pongo a lado de la mesa, frente a la boca Diana para ser precisos. Ella me observa aterrada, la expresión en su mirada era de desconcierto y miedo, un miedo tan intenso que sus piernas y labios tiemblan al unísono; me encanta.

 

Verla tan temerosa me hace sentir enaltecido y poderoso. Esa es la reacción que esperaba obtener esta noche, de ser un padre amoroso a un violador implacable y cruel. ¡Qué dicha!

 

El rostro de Diana sigue siendo angelical, esos rulos dorados y esos ojos azules le hacían ver como toda una superestrella, ni que decir de esa boquita rosada y dulce. En conjunto Diana era una niña preciosa y perfecta. Era momento de arruinar un poco esa dulzura.

 

Tomé de nuevo el dildo blanco y sin mucha espera se la metí de nuevo a su culito, al mismo tiempo que colocaba mi verga erecta en la boquita de mi niña, no le di tiempo de reaccionar, y menos de pensar en lo que estaba pasando. Era un mal sabor de boca para ella pues mi falo conservaba restos de heces fecales extraídos de su hermana. Trato de apartarse pero las ataduras se lo impedían, daba arcadas y tosía constantemente pero yo seguía con mi intromisión.

 

Esta imitación forzada de sexo oral era muy complaciente, me gustaba ver como esos pequeños labios envolvían mi órgano genital, desafortunadamente no entraba toda porque tenía boca pequeña  pero era lo suficientemente profunda como para llegar hasta la campanilla y provocarle arcadas. Esto lo hacia al mismo tiempo que mi otra mano le perforaba con el dildo. Minutos después y sin que ella se diese cuenta el juguete sexual se había introducido por completo.

 

Sin pensarlo dos veces y con la verga a punto de explotar me decidí a penetrar por primera vez a mi hija menor Diana. Era el momento oportuno ya que la mente de ella estaba a punto de  estallar por tanto abuso, esto sería la cereza sobre la torta.

 

Así que nuevamente restregué mi verga en la entra del anito virgen de mi hija para que este se dilatara y menos de un minuto la cabeza de mi falo se perdió en su interior.

 

  • ¡Para! ¡Por favor papá, deja a mi hermana en paz! – suplicó Mika al borde de la cama justo en el momento en que iba a por todas.
  • Yo no soy tú padre Mika – le dije lanzándole una mirada muy seria – Dile Diana ¿Cómo debe decirme ahora?

 

  • Mi señor – respondió Diana con la mirada perdida en techo, lo dijo en un tono tan despectivo que casi parecía que lo hubiese dicho una prostituta.

 

 

Le introduje la mitad  de mi verga y Diana apenas chilló era como si estuviese en trance, como si su mente procesará esta nueva sensación ¿Era dolor o placer? Le introduje otro poco y le provoque un pequeño gemido. Otro centímetro más, y otro, y otro, hasta casi llegar hasta el final de mi falo.

 

¡Maravilloso!, ¡Sublime!, ¡Exquisito!

 

El penetrar su estrecho culito era definitivamente una sensación única e irrepetible. El menear mis caderas para realizar los movimientos del “mete y saca” era como danzar sobre nubes esponjosas. Y acelerar mis movimientos pélvicos en la penetración hacia que se me acabara el aire en cuestión de segundos. Perder el aliento en medio del sexo es la apología del placer.

 

Mika se arrastró donde mí y me suplicaba que dejara a su hermana. La pobre Mika estaba adolorida del ano. No era la primera vez que la dejaba así. Recuerdo que en una ocasión la deje sin poder sentarse por dos días, tuvo que faltar a la escuela en ese tiempo, pero apenas se recuperaba yo la volvía a vejar por la misma vía. ¡Qué recuerdos tan bellos!

 

El clímax llegó en un suspiro ahogado mientras llenaba la cavidad de mi niña con mi semen, ese mismo liquido que la concibió 8 años atrás.

 

Diana continuaba con la mirada perdida y los ojos bañados en lágrimas silenciosas que resbalaban por sus rosadas y pomposas mejillas. Mika igual lloraba abrazada a mi pierna.

 

Someter a mis dos hijas al dolor es un acto despreciable y horrible, se supone que un padre debe proteger a su descendencia para evitarles el mayor sufrimiento posible. Pero yo no soy cualquier padre, yo soy una bestia fruto del rencor de la sociedad, un ser capaz de todo por exprimir al máximo sus más bajos y oscuros instintos, un ser primal capaz de destrozar todo lo que esta a su alrededor  en beneficio de sus placeres carnales. Ese soy yo.

 

Y así culmina una noche que mis hijas nunca olvidarán, una noche llena de lujuria, placer, dolor y lagrimas.

 

Las hago dormir a las dos en mi cama, quiero disfrutar de sus cuerpos en una placentera noche de sueño.

Guardo mis juguetes e instrumentos que tanto dolor le infundieron a Diana, los observo por una vez más antes ponerlos bajo mi cama. Quizá nunca más los vuelva a tocar.

Me acuesto en las sabanas de satín blancas con Mika a mi izquierda y Diana a mi derecha, esta última se duerme en seguida. Abrazo a Mika con fuerza pues quiero sentir el calor de su cuerpo desnudo junto al mío al igual que la suavidad de su piel. Poco a poco me adentro en un ensueño melódico  y sueño, sueño con el futuro.

Me imagino un futuro a lado de Diana y Mika, juntos, viviendo en la cabaña por siempre. Encendiendo la chimenea en invierno y abriendo todas las ventanas en verano, yendo juntos al lago cercano a la cabaña, desnudándonos y chapoteando en el agua, acariciando nuestros cuerpos lo unos a los otros.  No habría prohibiciones, ellas podrían hacer conmigo lo que quisiesen y yo haría lo propio.

Tendríamos orgías nocturnas y vespertinas, matutinas y meridianas. Ellas se acostumbrarían a darme placer en los momentos más inesperados y yo las complacería incluso cuando ellas no lo pidiesen.

Me imagino estando sentado en la mesa del comedor con un vaso de vodka en la mano y un cigarro en la otra. Llueve afuera y hace calor. De repente aparece una Diana ya crecida con 14 años cumplidos, lleva una puesta una bata tan delgada que se le puede ver todo incluido esos  lindos senos bien formados y pequeños, acompañados por ese cuerpo tan esbelto y delgado que posee.

La atraigo hacia mí y la hago sentar en mi regazo, ella se ve tímida pero sumisa, le hago sentir mi verga erecta que aflora por la suavidad de sus nalgas. Su pequeño camisón se abre y no hay nada más que hacer.

Beso con locura sus labios y sus senos, la desprendo de su prenda intima mientras la manoseo toda. La obligo a bajar la cabeza hasta llegar a mi falo y ella instintivamente comienza a succionarlo. Me quedo delirando de placer por esos instantes,  lo hace muy bien, ya es toda una experta.

 

La echo sobre la mesa y le abro las piernas de par en par, apunto mi verga a la entrada de su conejito desvirgado desde los 8 años y la penetro con furia. Hago temblar la mesa y todo lo que esta encima de ella. Diana gime como si fuese una prostituta bien pagada.

 

Veo como rebotan sus senos y su cabeza que sigue el compás de mis movimientos pélvicos. La sujeto de las manos mientras mis labios buscan los suyos. Estoy a punto de venirme y pienso que si la embarazara no sería tan malo después de tan buen sexo, incluso si llegara a viejo, mis propios “hijos-nietos” me consolarían muy bien.

 

Despierto de mi ensueño.

 

Miro a mí alrededor, todo esta oscuro, pero siento las palpitaciones de mi verga por culpa de aquella visión del futuro en forma de sueño.

 

Sigo abrazando a Mika pero algo es diferente. La escucho sollozar por debajo de la sabana con la que estamos tapados. Levanto la sabana y se me dibuja una sonrisa en el rostro; sin quererlo la estoy penetrando de nuevo.

 

Observo su culito abierto por la entrada de mi pene erecto que se había introducido en su totalidad.

 

¡Mierda realmente soy un monstruo! Incluso dormido soy un maldito pervertido.

 

Pongo mis manos encima de sus caderas para ahondar la penetración: Me gusta esta posición, la de costado, hace que mi pelvis se mueva rápido y mi falo se adentre hasta el fondo de su cavidad anal y vuelva a salir en cuestión de segundos. Nunca antes me la había cogido de esta manera, siempre mantuve mis recaudos para no lastimarla demasiado, pero ahora pisaba el acelerador a fondo y nada podía detenerme.

 

Hicimos vibrar la cama de forma magistral, el colchón zumbaba y rechinaba como si se tratara de un terremoto de gran magnitud. Sus nalgas sonaban al hacer contacto con mi pelvis una y otra vez haciendo eco en las paredes de la habitación. Mika lloraba y se quejaba por mis tremendas arremetida parecía que en cualquier momento iba a desfallecer.

 

  • ¡Eres mía Mika!, tú y tú cuerpo me pertenecen. Y aunque pronto yo ya no estaré aquí sabrás que siempre me perteneciste  ¿Lo entiendes?

 

Mika no paraba de llorar y gritar pero eso solo provocaba que aumente mi excitación. De nuevo estaba a punto de descargar mi semen por lo que no deje de parar las arremetidas que le daba.  Mi verga entraba y salía con facilidad, se deslizaba dentro y fuera, como quien bombea una pelota de futbol hasta que esta explote.

 

Yo gemía, gruñía, inclusive gritaba de tanto placer y cuando finalmente me vine dentro del culito de mi hija mayor caí exhausto y rendido a su lado en la que fue la mejor noche de toda mi vida.

 

Mi semen chorreaba de su ano y se deslizaba por sus piernas hasta quedar pegada en las sabanas, no quise levantarme a limpiar, así que me quede profundamente dormido en esa posición.

 

El alba llegó y los primeros rayos de sol me despertaron, lo primero que sentí fue el semen pegajoso que se coló en el tallo de mi falo y el sudor también pegajoso que invadía mi cuerpo al quedar agotado de tanto sexo.

 

Mika dormía. Gire la cabeza y vi a Diana que me miraba de forma silenciosa, se la veía igual de angelical y hermosa, como si no hubiese sucedido nada. Sin pensarlo demasiado le ordene lamer los restos de semen de mi falo. Ella dudó unos instantes pero obedeció sin decir nada. Puso su boquita a succionar mi verga y quitar los restos de semen que había en el.

 

Los rayos de sol iluminaba su rostro perfecto, hacían brillar sus cabellos dorados y resaltar sus ojos azules; se me paró de nuevo. Mi verga crecía rápidamente y se le hacía más difícil seguir succionándola, su boca se henchía y de sus labios chorreaba abundante saliva combinada con líquido pre-seminal. A los pocos segundos mi semen salió disparado dentro su cavidad bucal, llenándola de potentes chorros que aún me quedaban. Diana quiso escupirlo todo pero se lo impedí, cerré su boca y le pedí que se lo tragara. Ella con un poco de esfuerzo y como si se tratara de tragar una sandia, tragó.

 

Finalmente vi cumplido mi sueño y me sentí en paz. Mi fantasía se hizo realidad por partida doble, mis bajos instintos superaron a la razón, e hice mella en el cuerpo y la mente de mis hijas, una noche que recordaran por siempre ya sea para bien o para mal, dependiendo como lo vayan a sobrellevar.

 

Nos duchamos todos juntos en la pequeña regadera de la casa. Todos muy serios y pensativos, muy callados y distantes.

 

Pasaban las horas y nada cambio, mis hijas trataban de asimilar lo ocurrido, cada una en un rincón de la casa. Mika escuchaba música en la sala y Diana en su habitación con sus muñecas pero en si desapareció esa inocencia y vitalidad infantil que tanto la caracterizaba, es como si le hubiesen quitado una parte de su ser y la lanzaron muy lejos de aquí. El culpable (yo) sólo podía sonreír, esto era lo que yo quería lograr.

 

La madre de las pequeñas me llamó al celular diciéndome la hora en que las recogería. Se suponía que Mika sólo se iría una semana con su madre, pero ambos acordamos que debía quedarse con ambas de aquí en adelante.

 

Las niñas alistaron sus maletas en silencio, mientras yo me disponía fumar y beber afuera de la cabaña. Era un día estupendo, un cielo claro, pájaros cantores y el sonido de los árboles meciéndose al compás de las ventiscas veraniegas. Todo era paz, mi mente estaba en paz.

 

La madre de las niñas llegó y era el momento del adiós. Mika me dirigió una mirada de pocos amigos antes de dirigirse hacia la puerta. La tomé del brazo.

 

  • Cumple nuestro acuerdo – le dije en tono amenazante – No le dirás nada a tú madre hasta mañana ¿ok?

 

Ella se zafó de mi agarre y asintió.  Nunca antes la había visto tan enojada, su odio tenía fundamento y su desdén me indicaba que había perdido su cariño. En cierta forma eso me molestaba pero  no podía hacer nada al respecto así que la deje ir.

 

Diana se fue tras ella pero para mi sorpresa se detuvo en el marco de la puerta y se volteo a verme, a diferencia de su hermana mayor su mirada no era de odio o desdén sino de compasión como si yo fuese la victima. Me acerque, puse una mano sobre su hombro y le dije:

 

  • A ti es a quien más voy a extrañar.

 

Diana susurro algo que apenas alcance a oír y que casi me hace dar una ataque de risa.

 

  • Yo también Mi Señor.

 

Se subió al auto y este arrancó perdiéndose entre los matorrales y árboles de pino.

 

Deambule por la casa solitaria, recordando cada  minuto de aquella noche fantástica. ¿Realmente valió la pena todo esto? El dejar huellas en la mente y cuerpo de mis hijas. Recuerdos que las perseguirán hasta el día de su muerte. El convertirme en uno de los hombres más odiados por mis propios familiares y amigos que se enteraran de todo. Porque es seguro que lo sabrán, las malas noticias son las primeras en llegar.

 

Dirán: pero si él era una buena persona ¿Cómo pudo hacer algo así?

 

Se sorprenderán pero igual me odiaran. Miraran mi tumba con desprecio y escupirán sobre ella o quizá eso sea mucho pedir, a lo mejor me cremarán, votaran mis cenizas  junto con la basura porque así es como piensan vengarse de mí; pobres idiotas.

 

Me dirigí a mi habitación pensando en limpiarla, pero era el mejor y último recuerdo de mis hijas. Sábanas botadas, semen salpicado por diversos lugares, hasta la soga con la que até a Diana estaba ahí colgada en el perchero. Era una perfecta escena del crimen, cada centímetro del cuarto retrataba los intensos momentos que vivimos esa noche, así que me quede ahí, justo a lado de la entra de mí habitación, rememorando una cada detalle de todo lo sucedido hasta quedarme dormido.

 

Fue una noche muy solitaria, pero cada vez que conciliaba el sueño la imagen de Mika y Diana desnudas y atadas me despertaba. No quería sentirme miserable, era tonto pensar que así me debería sentir cuando mi ego todavía estaba por las nubes. Terminar con mi vida en este momento sería glorioso, un punto final digno de un héroe solitario como yo.

 

Me levanté, busque la carabina vieja con la que mi padre solía cazar, busque un par de balas en el armario, la cargué, puse una silla frente a la puerta de entrada, me senté y esperé el sonido de las sirenas.

 

El trato con Mika era que no me delataría por los años de abuso que sufrió de mi parte hasta un día después de regresar con su madre. Esto me permitiría dejar las cosas en su lugar, disfrutar mis últimos momentos sólo y antes de que llegue la policía para cargarme, pegarme un tiro en frente de ellos. No les daría el gusto de llevarme con vida, claro que no, yo soy dueño de mi vida y si alguien me la llega a quitar sería yo mismo y no el Estado.

La espera se hizo eterna. Las horas pasaban, el sol salió e iluminó toda la casa pero no había rastros de policías en los alrededores. Las sirenas podías escucharse a kilómetros de distancia o el sonido de cualquier vehiculo acercarse. Tal vez yo me estaba volviendo paranoico viendo una y otra vez por la ventana, tocar el rifle cargado y golpear mi cabeza contra la puerta en señal de desesperación.

 

Las horas pasaban  y mi paciencia se agotaba, era estúpido lo que estaba haciendo, ¿Esperar para que unos policías me vean morir? Ya debería haber jalado del gatillo al ver a las niñas irse de mi vida para siempre, pero no, quería hacer mi pequeño y último show de hombre inmaduro,  patético. Es más debería agarrar la pistola en este mismo instante y volarme de una puta vez los ses……………..

 

¡Toc!, ¡Toc!, ¡Toc!

 

¡Pero que Diablos!

 

¿Los policías se adelantaron a pie? ¿Me tienen rodeado?

 

No, es imposible. Los hubiera escuchado acercarse y………. Eso no importa ahora.

 

Corrí hasta mi silla de ejecución, agarré el arma, me la puse bajo la barbilla…………..

 

– ¿Papá estas ahí?

 

Me quede congelado.

 

  • ¿Diana? ¿Diana eres tú? – pregunté al tiempo que me levantaba de la silla a toda prisa y dejaba el rifle en el suelo.
  • Si, Papá. La policía esta en camino. Mika le contó a mamá todo lo ocurrido el fin semana. Mamá se puso furiosa y llamó a la policía, les dio tú dirección y vienen en camino. ¿Qué hacemos? No quiero que te encierren papá.

 

Me quedé sin palabras, definitivamente no me esperaba algo como esto. Mil preguntas rondaron por mi cabeza y no sabía que hacer.

 

  • Hmmmmm – Alcancé a decir antes de abrir la puerta y dejarla pasar. Una sola duda me carcomía el cerebro ¿Por qué? ¿Qué no era yo el villano en esta historia?- Tenemos que irnos.

 

Afortunadamente tengo un plan B.  Aliste un mochila de supervivencia en caso de que me acobardara con esto del suicidio, gracias a Dios soy un hombre precavido.

 

Bajé al sótano para recogerla junto con un par de balas que puse rápidamente en mi bolsillo derecho. Al salir se escuchaban las sirenas a lo lejos. No tenía mucho tiempo, 10 minutos a lo mucho.

 

Me cargué la mochila a la espalda al igual que el rifle. Miré a Diana que también tenía colgada una mochila en sus hombros.

 

  • ¿En serio quieres venir conmigo? ¿Quizá nunca más vuelvas a ver a tu mamá o a Mika?

 

Ella lo medito unos segundos antes de asentir enérgicamente con la cabeza, pareciera que ya lo había meditado la noche anterior, sus ojeras la delataban, pero el brillo en sus ojos me indicaban que estaba decidida. No pude evitar emitir una enorme sonrisa.

 

Salimos por la puerta de atrás, mi ventaja ahora era conocer los bosques que nos rodeaban, adentrarnos y perdernos en ellos sería nuestra primera misión. En eso sí que era experto. Lo ocurría después sería incierto.

 

Me dí la vuelta la una última vez para ver lo que dejaba atrás, la hermosa cabaña de mis padres donde los sueños se cumplen, iba a extrañar enormemente ese lugar. Apreté la mano de Diana con fuerza y nos adentramos en la oscuridad de la noche, cobijado por los oscuros árboles de gruesas ramas y la luz de la luna.

 

FIN

La Sombra Errante Final

Posted in La sombra Errante (Completo) by Kruger on 7 septiembre 2016

La Sombra Errante

Parte 3

Jason abrió los ojos, parecía como si lo hiciera por primera vez. No sentía ninguna tipo de dolor lo cual era muy extraño, ya que hacía solo un instante estaba sufriendo un intenso dolor en la espalda. Era como estar sumido en un intenso letargo pero despierto, era como flotar en un inmenso cielo oscuro y estar vestido con la nada de la soledad, en si, no se sentía humano.

 

Trato de ver a su alrededor pero solo distinguía sombras y luces intermitentes. Trato de caminar pero tampoco podía, era como si sus piernas y manos estuviesen empotradas a la pared en la que se encontraba, trato de hablar pero sus palabras no producían ningún tipo de sonido; se desesperó.

 

Ya no era humano, no sentía nada, pero de alguna forma existía en ese espacio deslucido y pesado. Encadenado a su propia alma a su castigo eterno que era la soledad o tal vez algo peor. Pasó el tiempo y trataba de comprender su nueva forma. Jason sabía que estaba muerto pero no entendía esta nueva concepción de “vida o muerte” a la que ahora era sometido.

 

Se dio cuenta que no podía moverse pero si podía trasladarse de una esquina a otra o algún sitio donde hubiese suficiente oscuridad. Su visión se fue aclarando poco a poco y las sombras que antes percibía como figuras irreconocibles ahora se hacían más claras y entonces cayo en cuenta de en donde estaba. Esto no era el más allá, era una maldición, una maldita jugarreta del destino, un infierno personal que seguramente Dios había creado para atormentarlo eternamente.

 

Jason ahora es la sombra.

 

Lo supo en cuanto se vio de frente antes de ser asesinado por su propia hermana. Era como verse en un espejo, un espejo tenebroso que revelaba su futuro.

 

Ahora retrocedía en el tiempo a aquella noche donde vio a la sombra por primera vez, cuando apenas tenía cinco años, pero ahora era todo a la inversa. Se veía y se asustaba de si mismo. Veía como el pequeño lo observaba con temor, como se ocultaba bajo las sabanas y lloraba hasta quedar dormido.

 

Vio las luces rojas de la otra habitación apagarse y se pregunto si podría aparecerse ahí. Lo hizo en un abrir y cerrar de ojos, en medio de toda la oscuridad que rodeaba la habitación pudo aparecerse, era interesante saber que podía ver mejor en la oscuridad que fuera de ella.

 

Veía a su padre abrazar a su hermana y como esta lloraba en silencio. Jason los contemplo toda la noche, maldiciéndose una y otra vez por ser tan ciego, por no querer reconocer lo que sucedía en esta habitación, por no ayudar a Kim cuando más lo necesitaba.

 

Su padre despertó a eso de las 5 de la mañana, estiró los brazos y al ver a su hija a su lado esbozó una amplia y pervertida sonrisa. La tomó por la cintura y la trajo hacía él. Kim se despertó sobresaltada al sentir el falo de su padre dentro de su estrecho culito. Rápidamente él le tapo la boca para que no gritase mientras apretaba con fuerza su entrepierna. Con una mano le tapaba la boca y con la otra forzaba la intrusión. Kim derramaba cuantiosas lágrimas que se perdía en las sabanas de la cama.  Él padre de Jason era implacable, no paraba de zarandear y agitarse salvajemente dentro del pequeño cuerpo de su hija de ocho años.

 

Jason no podía soportarlo, por más que gritara o tratara de hacer algo no podía, era como estar encadenado a una tabla gigante de metal de cuerpo entero, lo único que podía hacer era observar aquellos violentos actos carnales. Pues esa era su penitencia, su castigo.

 

Observo todas las noches aquellos actos ruines y humillantes para con su hermana, siempre desde las oscuridad y con la luz roja como testigo. Quería evitar todo aquello pero era imposible, siempre aparecía ahí cuando sucedía. Día tras día, año tras año lo observaba todo, cada noche que lo hacían, cada minuto, cada segundo dentro de esa habitación del pecado.

 

Hasta que la noche final llegó. Como si hubiesen pasado siglos dentro de aquellas cuatro paredes. Jason contó los segundos de ese día para ver si de una vez por todas se acababa su suplicio.

 

Se vio a si mismo atravesar la puerta.  ¡Dios! Parecían que hubiesen pasado siglos de aquella terrible noche, pero el recuerdo suyo seguía vivo y  atravesaba como una daga su corazón y su alma (si es que todavía tenía). Verse tan ingenuo y despreocupado, le causaba incluso fastidio y envidia.

 

¡OH! Si solo supiera lo que le esperaba.

 

Su padre arribo después con ese la genio que años atrás había estado guardando y después la estrella de la noche; Kim. Se la veía tan aterrorizada. Jason no lo había notado antes pero Kim estaba muy asustada, le temblaban las piernas y las manos, quizá por estar empapada de pies a cabeza pero Jason presentía que era algo más.

 

Su padre le golpeo la cara con la palma abierta. Kim cayó arrodillada y con las mejillas rojas ya sea por la vergüenza o por el dolor, pero notó que en ese instante que la  mirada de su hermana cambiaba de la humillación al odio y cuando estaba por ser violarla en el suelo ella se aparto y le susurro al oido algo que ahora Jason sombra escuchaba con claridad: <<Se que ya no te sirvo, pero te traje un regalo. Vamos al cuarto si quieres verlo>>

 

Ambos desaparecieron dentro la habitación y la cerraron con llave.

 

Jason sombra se materializo en el interior de cuarto y presencio lo que no esperaba ver; una niña de no más de cuatro años, muerta y con las manos y pies atadas a la cama.

 

– Te traje este regalo padre mio ¿Te gusta? – dijo Kim con un tono tan despectivo que hacia pensar que no era ella en verdad.

 

El hombre quedo paralizado del miedo, ahora los pies le temblaban a él, no esperaba esta desagradable sorpresa. En medio de su conmoción Jason vio como Kim levantaba un cuchillo que había sacado de debajo del sofá y le rajo el cuello en una linea vertical muy profunda. La sangre salía a borbotones del cuello exponiendo músculos y traquea, él hombre tardó pocos segundos en desangrarse y caer pesadamente en el suelo, en aquella habitación que se teñía de rojo como la luz que irradiaba.

 

Kim se acerco al cuerpo de la niña atada y susurro: <<Lo siento hija, siento que esto haya terminado asi, pero es que ya no soportaba este dolor. Ya no podía ocultarlo más. Tú padre ahora esta muerto y seguramente ustedes dos se verán allá arriba junto con mamá>>

 

Acurrucó la cabeza de su hija frente en su pecho y lloró sobre el cuerpo inerte de su pequeña por varias horas. Desahogo todo ese dolor contenido, el olor a muerte invadió la habitación, era el mismo olor que percibió cuando su madre murió  pero mucho más intenso.

 

Kim se incorporó con los ojos hinchados y rojizos, se seco el resto de sus lagrimas con sus manos y dijo: <<Solo falta despachar a una persona más>>

Jason sombra se materializo rápidamente fuera de la habitación, en aquella esquina donde comenzó todo, creía que todavía tenía una oportunidad de salvarse a si mismo, aunque muy en el fondo sabía que era imposible, aun asi decidió intentarlo.

 

Cuando apareció en su oscura esquina alguien más le había ganado la jugada.

 

Confundido trato de entender porque había otra sombra más cerca de su yo humano. Esta sombra era diferente pues se podía mover fuera de la oscuridad incluso podía tomar apariencia humana.

 

La sombra corpórea tenía un aspecto muy similar al suyo pero no era él sino alguien que se parecía mucho. Quiso hablar, gritar pero era imposible; las sobras no producen sonido.

 

Kim salio de la habitación desnuda y  con el cuchillo en la mano, todo lo demás ocurrió en cámara lenta. Verse a uno mismo siendo asesinado es una experiencia poco grata y peor es saber que este solo sería el principio de una serie de escenas repetidas que el tendría que soportar toda la eternidad, Jason simplemente se dio cuenta de este gran detalle justo antes de concluir con la escena que continuaba viendo en la habitación.

 

Su hermana al verlo muerto se levantó y pego un grito al cielo, todo su dolor se descargo en ese bramido enfurecido. Horas después la policia entraba por la fuerza al departamento donde ocurrió la masacre. Jason ya se imaginaba los encabezados:

 

“Joven asesina a su familia a apuñaladas”, “Masacre en un apartamento familiar” o “Joven abusada toma venganza contra toda su familia”

 

Mientras se la llevaban a arrastras, Jason distinguió que los ojos de Kim podía verlo a él y todas sus victimas que estaban apostadas alrededor del cuarto entre ellos, su padre, hija y la sombra corpórea que resultó ser su madre. Todos la observaban mientras se perdía tras la puerta, con las manos enmanilladas y con varios policías a sus espaldas.

 

Jason vio a las demás sombras de su familia, todos desde sus esquinas, todos listos para despedirse porque nunca más se volverían a ver. Cada uno repetiría su maldición por separado, por toda la eternidad.

Fin

La Sombra Errante Parte 2

Posted in La sombra Errante (Completo) by Kruger on 7 septiembre 2016

La Sombra Errante

Parte 2

 

Aquellas noches se repitieron muchas veces más, más de las que Jason podía recordar: La sombra, la habitación roja, su padre encima de su hermana Kim, la lluvia intensa y la televisión encendida. Todo formaba parte de sus recuerdos, situaciones y escenas que forman parte de él, se arraigaron dentro suyo, como una enfermedad, un parasito o un virus; lo mataba por dentro. Aprendió a vivir con ello por tanto no hizo nada al respecto.

 

La sombra se convirtió en un inquilino más pues no hacía nada salvo estar ahí; observando todo. Las escenas de abuso de su padre para con su hermana las tomaba como un estúpido y sucio show enfermizo, como aquellos que veía por televisión después de la media noche. Las tormentas eran música que apaciguaba los sonidos de la habitación roja y la televisión se convirtió en su mejor amiga, siempre fiel, siempre presente y siempre entretenida.

 

Los años pasaron, nueve para ser exactos y era como si el tiempo se hubiese detenido en aquel departamento.

 

Todo seguía igual.

 

Solo pequeños detalles daban cuenta de que el tiempo si había pasado por ahí, pero a grandes rasgos ningún cambio abrupto hubo; hasta esa noche.

 

Jason volvió de la escuela ya entradas las siete de la noche. El joven de 14 años se desprendió de su mochila, la botó en la cama y encendió a  la televisión. No había nadie en la habitación roja, seguramente su padre salió y no tenía ni idea de donde estaba su hermana y tampoco le importaba, cada quien en la casa hacía lo que quería.

 

La obligación del padre se limitaba simplemente en la alimentación de sus hijos. El menú siempre era el mismo: comida recalentada y sopa instantánea.

Kim en cambio se volvió alguien muy impredecible, repetía de grado constantemente, se ponía ropa ajustada y salía con chicos mucho mayores que ella. Jason la veía escaparse de la escuela y subirse en la moto de uno de sus novios y no volvía en días, pero eso sí, si su padre la llamaba ella regresaba y se la pasaban toda la noche en la habitación roja.

 

Los abusos continuaban pero no eran tan seguidos como antes. Su padre ya no parecía tan feliz como aquellas primeras veces que salía con tremenda sonrisa en los labios y su hermana ya no derramaba lágrimas después de dichas “sesiones”, aunque a veces cuando Jason se adentraba a mirar adentro de la habitación, veía como Kim lo veía con tristeza y rencor, probablemente lo culpaba por su triste situación. Jason apartaba la vista y se iba a dormir como todas las noches.

 

Su padre llegó cerca de las nueve. Se lo veía agitado y ansioso, se tomaba los pocos pelos que tenía en la cabeza  y los jalaba. Llamaba por el celular pero no le contestaba su querida hija. Entraba y salía de la habitación roja como buscado consuelo dentro. Jason jamás lo había visto tan nervioso.

 

Kim llego a eso de las 11 de la noche. Estaba toda empapada y tiritaba de frío, no era para menos pues sus ropas mostraban mas carne que tela, parecía una golfa de esquina. Su padre iracundo la abofeteo un par de veces, le estiro el pelo y la boto al suelo. Jason estaba pasmado, si bien su padre no era una persona muy violenta, si tenia un carácter muy tosco y torpe, pero esta vez se lo veía  descontrolado. Tanto así que le quito sus skinny jeans cortos de un jalon y se puso encima de ella listo para consumar su acto sexual delante de Jason.

 

Kim lo detuvo suplicándole con lágrimas en los ojos, después le susurro algo al oido. Lo que dijo funcionó pues su padre se detuvo y la dejo incorporarse. Ambos se dirigieron a la habitación roja, en medio de manoseos y besos de lengua; Kim ni lo miro cuando paso a su lado.

 

Jason se sentía incomodo, se preguntaba si era el momento de acabar con esta situación, si lo correcto era llamar a la policía y salvar a su hermana de una vez por todas. Pero el miedo a su padre pudo más (como todas las veces que intentaba hace algo) y se resigno a mirar la televisión en compañía de la sombra que nuevamente estaba ahí.

 

3:30 de la mañana.

 

Jason se había quedado dormido con la tele encendida. Cuando un viento helado lo hizo levantarse. Somnoliento busco a tientas el control de la tele para apagarla cuando sintió un escalofrío terrible recorriéndole la espina dorsal. Aquella sensación lo hizo ponerse de pie de un salto, no era algo normal sentir algo así. Se dio vuelta para ver el origen de aquel espinazo y entonces quedo petrificado.

 

La sombra, aquella sombra que lo había acompañado desde la muerte de su madre, había salido de esa esquina en la que siempre estaba y se encontraba frente a él. Se hizo corpórea su silueta y traslucida su apariencia, no era aterradora pero si impactante su presencia. Jason lo observaba completamente asustado, el miedo lo paralizó no solo porque lo tenía de frente sino por su rostro; lo conocía, conocía el rostro tras la sombra. Trato de entenderlo, trato de saber porque el rostro le resultaba tan familiar. La sombra gesticulo una palabra y lo peor fue que Jason entendió lo quiso decir, fueron las mismas palabras que su hermana le dijo la primera vez que vio dentro de la habitación roja: Ayúdame.

 

La puerta de la habitación roja se abrió de un golpe tras de él.

 

Jason no pudo voltearse para ver quien se acercaba porque seguía paralizado por el miedo. La sombra lo seguía observando con aspecto triste, veía como la mano de esta se estiraba para alcanzar su rostro pero nunca lo alcanzó.

 

Sintió un dolor punzante en la espalda, y después otro y otro y otro, hasta que lo derribo haciéndolo caer de bruces al suelo, pero el tremendo dolor que sentía no paraba, su atacante se subió encima de él y lo siguió apuñalando una y otra vez.

 

– ¡Nunca me ayudaste! ¡Nunca me ayudaste! ¡Nunca me ayudaste! – Gritaba Kim, mientras lo ajusticiaba- Te lo pedí mil veces, te roge, te imploré pero nunca hiciste nada. ¡Te odio!  ¡Te odio!   ¡Te odio!

 

Ahora Jason entendía todo, y si, todo era su culpa.

 

La vista se le nublaba, la vida se le escapaba de la manos o mejor dicho ¿se trasformaba? Pronto lo sabría. Su último pensamiento antes de abandonar su cuerpo fue: <<Lo siento Kim, realmente lo siento>>

Continuará

La Sombra Errante Parte 1

Posted in La sombra Errante (Completo) by Kruger on 7 septiembre 2016

La Sombra Errante

Parte 1

Era un día lluvioso y frió, el viento azotaba las ventanas trayendo el aguacero a todos los edificios aledaños. El rugido de los truenos era incesante y estruendoso como si el cielo mismo protestara contra la tierra en un ataque de desenfado completo y destructivo. El paisaje era cubierto  por el manto negro de la oscuridad siniestra, adornada junto con tremendos choques de nubes que desencadenaban rayos poderosos que iluminaban todo.

 

En medio de la tormenta, en una humilde edificio de apartamentos de clase baja, Jason un niño de 5 años observaba como las gotas de lluvia golpeaban la ventana de su habitación…… bueno, decir “su habitación” sólo era eso; un decir. En sí el pequeño apartamento en el que vivía contaba únicamente con tres ambientes: Uno que era el comedor y cocina unidos, la sala o el cuarto rojo (que para él era un misterio porque pocas veces había entrado ahí) y  el cuarto donde dormía su padre, él y su hermana mayor, pero esto casi nunca ocurría pues los tres no dormían juntos desde hace ya varios meses.

 

La muerte de su madre dejo una huella profunda en sus vidas, ella era el sustento y la alegría del hogar y aunque vivían acomodados ella se la ingeniaba para darle un toque más calido al lugar; le daba vida.

 

Él recuerda como una mañana  de febrero mientras salía de la escuela su maestra lo llamó angustiada  lo miró con lágrimas en los ojos y le dijo con voz quebrada que su madre estaba en el hospital. Cuando llegó allá de la mano de su maestra, vio la a su padre en un mar de llanto abrazado de su hermana en la sala de espera. Él no entendía nada pero algo grave debió pasar. Jamás vio a su padre llorar de esa manera. Horas después todo fue confusión: muchas lagrimas de familiares en especial de sus tías que lo abrazaban una y otra vez, enfermeras que lo miraban con lástima, primos que le daban palmaditas en el hombro y su hermana que a cada momento le decía que todo estaría bien.

 

Fue muy triste despedirse de su madre. Ver como el ataúd bajaba lentamente por aquel hueco gigantesco no hacia sino entristecerlo. ¿De verdad nunca podré ver a mamá?, ¿A dónde van los muertos?, ¿Qué hay después de la muerte?, ¿El cielo existe? y si existe ¿Iré a encontrarme con ella algún día? Eran algunas de las preguntas que se formulaba mientras el sacerdote y los dolientes le daban el último adiós a su madre.

 

A partir de aquello los días eran muy grises, como si algo en el aire le hubiese quitado el color a todo: a las flores, al cielo, a las casas, los árboles, al autobús escolar pero en especial a ese pequeño apartamento en el que vive. Ya nada era igual, el color de la vida se había difuminado como un haz de luz y la oscuridad se apoderaba de las noches como demonios al acecho.

 

Sentía como uno de esos demonios lo observaba desde las esquinas de la habitación en la que dormía. No estaba seguro si lo veía o si sólo era una simple alucinación suya, el caso es que tenía la sensación de que aquel ente lo observaba en especial en las noches cuando las esquinas se volvían más oscuras.

 

Aquella noche no era diferente y mientras el cielo tormentoso amenazaba con acabar con todo, él le temía en serio a esa presencia oscura. Trataba de desviar su atención mirando la televisión, eso era lo único que podía hacer cuando estaba a solas en el cuarto o mejor dicho cuando se veía solo, pues su padre y su hermana mayor Kim de 8 años se encontraban en la habitación roja haciendo Dios sabe que. Ambos siempre se encerraban ahí, lo hacen con mucha frecuencia desde la muerte de su madre, incluso Kim no asistía a clases por petición de su padre para encerrarse en el dichoso cuarto, esto sucedía más veces de las que él pudiese recordar; le molestaba.

 

Alguna vez intentó ingresar ahí en varias ocasiones de hecho, pero siempre la cerraban por dentro, lo único que veía era el reflejo de la luz roja en el suelo por el resquicio de la puerta y cuando finalmente salían su padre parecía tan feliz que por lo general le daba un gran abrazo y se iba a dormir, pero Kim salía muy deprimida y con lagrimas en los ojos, él le pedía explicaciones pero ella siempre le esquivaba y no le contaba nada; eso también le molestaba.

 

Buscaba afanado algún programa infantil que desvíe su atención de la tormenta y de las esquinas oscuras pero lo único que encontraba eran noticias que hablaban justamente de la tormenta, aumento el volumen. Estaba nervioso, la sombra tras suyo se hacía cada vez más corpórea como si de un cuerpo normal se tratase, sentía su presencia en la habitación como nunca antes; le temblaban las manos, tuvo el impulso de llamar a la habitación roja pero no se atrevía; estaba paralizado del miedo.

 

Y de repente la puerta se abrió.

 

Mejor dicho se entreabrió dejando ver la luz roja que esta emanaba de su interior. Él tuvo cierta curiosidad de saber que estaban haciendo su padre y Kim ahí dentro, se acerco casi gateando esperando no ser escuchado mientras lo hacía. Cuanto estuvo lo suficientemente cerca estiró la cabeza.

 

Al principio no distinguió nada, la intensidad de la luz rojiza lo ofuscaba, pero después sus ojos se acostumbraron y entonces vio el interior de aquel cuarto al que nunca le permitían entrar.

 

No entendía nada.

 

Distinguió a su padre. Estaba de espaldas a él y de frente a un sillón blanco o color grisáceo no lo sabía con exactitud (la luz roja le afectaba), pero aún más raro era ver a su hermana mayor Kim sentada en ese sillón con las piernas abiertas de par en par, con las manos en el rostro secándose las lagrimas por el dolor mientras su padre le gritaba y le metía su pito al pequeño agujerito de su hermana.

Se recostó en el suelo tratando de entender la escena ¿Estaban jugando a algo que él no sabía?, Si entraba ¿Papá lo golpearía?, ¿Kim lloraba porque perdía el juego? Pensaba y pensaba acostado en el suelo cerca de la puerta mirando aquella escena inentendible para él.

 

Su padre cambio de postura, hizo que su hermana le diera la espalda con la cabeza apoyada en el sillón y las manos en los cojines. Presionó su pito en la entrada donde Kim hacía caca y se la introdujo hasta adentro. <<Qué asco>> pensó. Ella se lamentaba y su padre se movía como si la estuviera cabalgando. Le pareció gracioso ver como ambos jugaban al caballito, lo malo era que Kim no podía aguantar el peso de su jinete y se desplomaba rendida sobre los cojines. Él le daba fuertes nalgadas para que reaccione volviendo sus pequeñas nalgas en carne roja.

 

El pequeño se dio cuenta que aquello que veía no era un juego sino algo peor pero tampoco se atrevía a interrumpirlo. Su padre cambio de posición una vez más y así ensartada la quito del sillón y la bota al piso. Le ordenó que se pusiera de cuatro y con la furia que tenía contenida se la introdujo nuevamente. Kim quiso gritar de dolor pero un fuerte manazo en la espalda le quito el aire. En eso ella se dio cuenta que su pequeño hermano los estaba observando y con mirada suplicante gesticulo en silencio una palabra para que su hermano lo entendiera: “Ayúdame”.

 

 

Jason captó el mensaje pero no sabía que hacer. Decidió apartar la vista e irse a dormir  porque tenía miedo.

 

Minutos después Kim estaba acostada en el suelo apretando los dientes no sólo por el tremendo peso que cargaba de su progenitor sino también porque  como este se agitaba sobre ella en aullidos de excitación y lujuria. Su progenitor acabo dentro de ella como lo hacía todas las noches, sentía el liquido seminal dentro de suyo que seguidamente se escurriría por entre sus piernas. Trato de pararse pero no pudo, las fuerzas se le acababan a esa hora de la noche, en esos momentos de humillación y dolor es cuando mayor falta le hacía su madre, seguramente ella no permitiría esto.

 

Su padre la levanto a la fuerza y le hizo acostarse en la cama que estaba en esa misma habitación. Kim odiaba esa cama, olía tan mal que le daba asco de solo apoyarse en ella, pero era el único lugar donde dormía desde que su madre murió, sabía que la humillación continuaría porque así era todas las noches. Él descansaba un poco, daba un respiro, le decía  que ella era su puta y volvía a cogersela hasta que derramar nuevamente su semen en su interior o en su boca.

La luz roja se apagó dejando que el silencio se apodere de la habitación solo interrumpido por el incesante golpeteo de la lluvia en las ventanas, donde Jason trataba de conciliar el sueño. No podía dormir, no mientras la sombra lo observaba. Se cubrió con todas las mantas y se puso en posición fetal, rezando para que la sombra se largara. Quizá era simple imaginación o se sentía demasiado excluido de la sociedad pero sentía como la sombra seguía ahí aunque no él no lo mirase, olía un aire frío y húmedo a su alrededor, su cuerpo se entumecía a pesar de estar cubierto de pies a cabeza; era la peor sensación del mundo, y en medio de ese miedo terrible que sentía se quedo dormido.

Continuará