El Diario de Gale 06/04

Posted in El Diario de Gale Cuarta Temporada by Kruger on 28 marzo 2015

Cuarta Temporada

Sexto Episodio

Sin Límites parte 5

“Ricky me miró incrédulo pues no entendía que era exactamente lo que tenía que hacer. Yo le instrui que se parara en frente nuestro y que apuntará su delgado pito en la entrada vaginal de su pequeña hermana. Ricky dudo unos instantes pero obedeció (el siempre obedece) y se puso delante nuestro acomodando su pene entre las piernas de Cristy.
Hice que ella se recostara sobre mi con media verga en su culito, ella protestaba por el dolor pues con cada movimiento mi verga se adentraba un centímetro más, la gravedad también ayudaba.

Ricky se acomodaba como podía, se agarraba su pito parado conectando y friccionando con la conchita, hasta que por fin dio en el blanco. Su pene se perdió con facilidad dentro de su hermana y no era para menos, en plena mañana yo abrí aquella conchita virgen con el mismo instrumento que ahora le perforaba el ano.

Le pedí a Ricky que se bamboleara sobre ella mientras yo hacía lo mismo por su detrás y en ese instante comenzó la doble penetración. Nuestros movimientos pélvicos se fundieron en un solo, en un paso marcado casi al unísono, entrábamos dentro de ella casi al mismo tiempo, lento el vaivén pero hermoso, como enamorarse por primera vez.

Cristy se quejaba con pequeños gruñidos apenas audibles, la verdad no debía sentir dolor en ese instante solo curiosidad por tener a dos de sus hombres favoritos dentro de ella. Le suspiré al oido palabras dulces para que se relajase un poco, tenía las piernas y cuello tensos. Seguimos cogiendola como por 5 minutos no dejando que nuestras vergas dejen de estar dentro. Ricky reía por las cosquillas que le produccia el acto sexual mientras yo disfrutava abrirle el culo, sentía sus nalgas chocando con mis muslos; la penetración ya era completa y Cristy ni cuenta se había dado. Se me entumecieron lo dedos de los pies por la posición pero podía soportarlo, y en ese momento el animal dentro mio pidió más placer.

Pensé rápidamente y le ordené a Ricky levantarse un momento, yo sujete las piernas de mi niña para que no tocasen la cama, le agarraba por los muslos con fuerza, apretandolos para poder experimentar el sabor de sus nalgas. Acomode mis piernas de forma vertical para mayor impulso y comencé a cogermela como una puta. Mi verga entraba y salia de forma rápida y ruidosa, el ruido del contacto sexual se escuchaba con sonoros “plafs” en toda habitación, mi niña apenas podía evocar palabras pues el bamboleo eran tan fuerte que ni su boca podía abrir la pobre sin antes morderse la lengua con sus propios dientes. Yo enloquecido por el placer no disminuía el ritmo, sus piernas se agitaban al son de mi constante penetración y sus brazos quietos en mis costados, su cabeza rebotaba en mi pecho desnudo y su cabellos rojos se friccionaban unos a otros y de repente me detuve en seco.

Descolge lentamente a mi niña de mi falo, me gusta apreciar los detalles de como aquel minúsculo trasero se había tragado tremenda verga mía. Centímetro a centímetro salía aquel pedazo de carne con restos de sus heces fecales. Le di la vuelta para que quedará frente a mi y asi parada le pedí que abriera las piernas y se sentará de nuevo en mi polla pero esta vez cambiado de agujero. Sus grandes ojos verdes me miraban con preocupación pues no deseaba sentir más dolor, yo no vacile ni un instante y le metí media verga de una sola vez, e hice que apoyará su pecho y cabeza en mi. El contacto de su pecho era exquisito, aquel pecho infantil tan pulcro y perfecto, acariciaba su espalda de arriba hacia abajo mientras mi verga erecta se introducía lentamente ahora en su vagina.

La meneaba adentro y afuera estimulando el mete-saca y abriendo esos tiernos labios vaginales cada vez mas. Le pedí de nuevo a Ricky que le penetrase pero esta vez por su culito libre que ya media el doble de tanto azote. Ricky se acomodó tras suyo y la inserto con facilidad, le pedí que se moviera dentro suyo como un animal, incluso le dije que apoyase todo su cuerpo en la espalda de su hermana y la penetre sin cesar.

Y así lo hizo, como un animal en celo Ricky se movía, experimentado el placer del sexo por primera vez, lo podía ver en su rostro, en esa sonrisa macabra suya, en los gemidos que proferia en cada estocada, en cada impulso que hacia sacudir la cama de sus padres con violencia. Dos niños pelirrojos, dos hermanos haciendo el amor, nunca en la vida se vio algo similar; en ese instante me sentí un Dios, alguien que podía crear y destruir, que daba vida o la quitaba, un ser superior a cualquier otro por el simple hecho de sodomizar a dos criaturas inocentes, de hermanos a amantes.

Se me vino un golpe de adrenalina intenso y descargue esa energía en ella, la comencé a penetrar como un maldito poseído, el resto de mi verga se adentró en mi niña con tanta facilidad que no le dio tiempo de quejarse. La doble penetración fue un éxito desmesurado, los dos hombres la penetrabamos con furia y celo, como dos leones sobre un cordero. La cama se estremecia y el sonido de nuestro gemidos era un chillido ensordecedor, Cristy se sacudia con violencia pero no decía ni una sola palabra, solo daba gritos ahogados que se perdían en el rugido de nuestro éxtasis.

Ricky se echó sobre nosotros sin dejar de moverse frenéticamente, mejor dicho sin dejar de movernos frenéticamente, friccionandole el cuerpo entero, llenando sus dos agujeros de verga. Sentí las lágrimas de mi niña sobre mi pecho, el llanto silencioso de un alma inocente que satisfacía el deseo carnal de este demonio liberado. Yo no quería despegarme ni un sólo instante de su interior y a pesar de lo difícil que era mantener un ritmo constante de metidas y sacadas, la excitación era indescriptible y el espectáculo increíble.

Ricky gimió agitando su cuerpo como si tuviese epilepsia, supuse al instante que estaba teniendo su primer orgasmo, me sentí de alguna manera orgulloso. Mi pequeño Ricky al que le enseñe todo lo referente al sexo desde pequeño, el que fue mi carta de acceso a Cristy; mi pequeño amante de cabello rojo y ojos verdes. Le gustaba ser penetrando por mi, le fascinaba mis embestidas animales en su culo. Era el discípulo perfecto y ahora recibia su recompensa descargando sus primeras leches dentro su hermana.

Agotado, se derrumbó a un costado de la cama, jadeante y sudoroso.
Yo me aguantaba la eyaculación pues no termine con ella, no podía desaprovechar su estado catatonico y su placidez mental con un último y posiblemente desaforado acto final.

Nos volcamos al lado izquierdo de la cama, me desprendi de ella y reflexione unos minutos. Escoger cuál de sus dos hoyos sería nuevamente agujereado no era tarea sencilla, me ponía en un gran dilema. Si la penetraba de frente tenía contacto con su labios, ojos, pecho y todo su hermoso rostro, era como evocarle mi amor mientras me la cogía. En cambio si escogía tirarmela por detrás implicaba contacto pleno con sus nalgas, su espalda, su nuca y cabello, era mostrarme superior a ella en todo sentido (yo arriba, ella abajo) era más que todo: pasión. Amor vs Pasión. ¿Cuál de estas posiciones era mejor?

Cristy se veía tan desprotegida que daba lástima, su cuerpo tendido como trapo viejo encima las sábanas, con los brazos ligeramente separados de su cuerpo y con la mirada pérdida en el vacío. Pero todo en ella era fuego empezando por el color de su pelo hasta acabar en la perfección de su vagina infantil; Cristy era mi diosa de fuego, mi amor incondicional.

Tomé mi decisión.

Me puse delante suyo, le hice abrir las piernas de par en par, viendo la entrada de su conchita que estaba rojiza por tanta fricción. Mi verga estaba que reventaba, palpitante y a fuego puro, no podía hacerla esperar más, quería terminar una excelente noche dentro de mi diosa de fuego.

Me puse encima de ella apuntando mi pene en la entrada de su coñito y se lo introducia poco a poco hasta que mis peludos testículos chocaran con sus nalgas. Me encorve de manera que nuestro rostros se encontraran, sabore sus labios con fascinación dándole pequeños besos mientras me movia dentro suyo acelerando el ritmo a cada instante, hasta que mis propios impulsos me contralaran y desaté en ella gemidos apenas audibles. Minutos después la cama temblaba nuevamente por la violencia que imprimía en ella, quería apartarme con sus manos pero mi peso se lo impedía, por el tremendo impulso su cabeza rebotaba en mi pecho y costillas.

Otra vez me detuve en seco, esto no podía acabar asi, pues algo dentro mío me decía que jamás en la vida volvería a tener un noche similar a esta.

Me separé de Cristy y la puse de nuevo en cuatro patas. Lo mismo hice con Ricky. Los coloque a ambos uno al lado del otro, con las piernas semiabiertas y el culito alzado al cielo, alzados hacia mi como una ofrenda, dos niños entregados en ofrenda hacía Dios como se hacía en los tiempos precolombinos.

Su anos se abrían ante mi como saludando, saludando a su creador.
Fue un juego delicioso, clavarles uno a uno turnándome sus culitos abiertos simplemente porque me daba la gana. Repartia vergazos a diestra y siniestra, primero Ricky luego Cristy y viceversa, se los metía a medias y luego me trasladaba hasta el culito del otro. Ninguno se quejo pero mi niño era el que más gemidos profería. El juego macabro duró unos cinco minutos pues mi verga estaba por explotar.

Como última escena les pedí a ambos que se arrodillasen frente a mi con sus narices apuntando al techo. Así lo hizo el dúo a pesar de que Cristy seguía en shock por la tremenda noche que tuvimos. Me masturbe por encima de sus rostros y la leche cayó como lluvia blanca sobre ellos empapandolos por igual, yo liberé al animal que se apoderó de mi con aquella descarga seminal y sentí como si mi cuerpo entero se vaciara sobre ambos y quedé tan agotado que mis piernas tambalearon y caí de rodillas frente a ellos.

Todos nos miramos por unos instantes, viendo nuestros rostros cansados y sudorosos después de tremenda noche sexual que quedará grabada en nuestras mentes para siempre. Les pedí que nos diéramos un beso los unos a los otros saboreando el semen en sus rostros y untandolo sobre todo.

Les seque el cuerpo con una toalla, pues mis dos amantes estaban agotados sobre todo Cristy que tenía la mirada pérdida. La acosté sobre la cama me eché a su lado y Ricky se acomodó atrás nuestro; todos desnudos.

Abracé a mi niña por la espalda y me dormí o mejor dicho desperté, como quién a vivido el sueño más espectacular de toda su vida.”

Fin del Sexto Episodio

El Rezo del Predador

Posted in Relatos Ardientes by Kruger on 28 marzo 2015

En el ocaso nocturno. El silencio se hace presente como un fantasma de medianoche. Todo lo que quiere es paz, pero el fulgor inesperado de  gemidos incesantes que se escuchan en medio de la habitación siniestra, impide su descanso.

Las paredes desgastadas, el piso sucio y quebradizo casi enmohecido y las ventanas rotas terminaban de adornar un acto oscuro y ruin.
La pequeña sentía que le faltaba el aire, el peso sobre su cuerpo era demasiado, sin contar con el devenir incesante e incansable de su abusador. El dolor de la penetración era humillante y espantoso, la gruesa verga del hombre incrustada en lo profundo de su ser como el cuchillo en la carne. Él gemía sobre su oído como un animal encolerizado, sofocando sus angustiosos gritos suplicantes que jamás serían escuchados, las lágrimas también suplicaban piedad pero sólo se derramaban sobre las sábanas sucias del colchón mugriento en el que estaba sometida.

Lejano, muy distante se encontraba el recuerdo feliz de la mañana en que brillaba el sol sobre su rostro, las mañanas sonrientes en que era feliz sin saberlo, el cálido abrazo de su madre los domingos de iglesia y el olor de los huevos recién cocidos sobre el sartén. La mirada cálida de su padre, su semblante firme y cariñosa compañía que la hacía sentir segura.

Quería regresar a esos momentos y atesorarlos cada segundo, pero no podía sacar de su mente el dolor que sufre por la vejación del hombre que la engaño y por un pequeño y estúpido regalo que la trajo a ese lugar.

El hombre graznó improperios antes de eyacular dentro de la infante, ella se retorció incomoda pero nada pudo hacer salvo seguir echada. El hombre se paró sudoroso y con una sonrisa en el rostro, observó como el líquido blanco se escurría por entre las piernas de su víctima; se sitio victorioso e imponente, un alto señor que somete a su pueblo contra su voluntad, un conquistador enaltecido por un sueño cumplido.

Arrodillado el hombre comenzó a emitir palabras apenas audibles hasta para la agredida. Parecían un rezo al poder y la prepotencia, un agradecimiento al momento y lugar, un pedido para que éste se repita siempre.

Se incorporó con una sonrisa maquiavélica en los labios viendo a su víctima y vislumbrando el porvenir, la pequeña leyó su mirada percibiendo que nada bueno se avecinaba, derramó más lágrimas anticipando que jamás volvería a ver a su familia. Él se recostó a su lado y la abrazo con fuerza, apretujando su cuerpo con y estremeciéndose al contacto de sus pieles desnudas. La pureza y la perversión unidas en la habitación oscura.

El tiempo pestañeo como quien pierde la cuenta de los años, y las estaciones se volvieron segundos y los días en lluvia que cae sin cesar. El silencio volvió su mirada hacia esa oscura habitación y la encontró diferente a la primera vez que la vio.

Estaba adornada con retratos y pinturas, pintada con cálidos colores de temporada y adornada con felices y alegres risas de niños que revolotean por doquier. Era difícil reconocer aquel lugar que antes era una estructura vieja y olvidada. Pero el silencio no se equivoca y sabía que era el lugar correcto.

De la cocina salió una mujer de mediana edad con una gran olla con estofado verde, tras ella otras mujeres más jóvenes traían ensaladas y arroz cocido con patatas. Alzó la voz para llamar a los querubines que ante su llamado fueron presurosos a sentarse a la mesa principal. Los seis que no tenían más dos años de diferencia los unos de los otros esperaban ansiosos el inicio de cena familiar.

– Falta papá – gritó uno de ellos.

La madre asintió y con pasos calmados se dirigió a la habitación principal. Minutos después salió enganchada del brazo de un hombre de avanzada edad, encorvado y con bastón en la mano, de mirada firme y aspecto senil. Sujetado por la mujer que tantos hijos le había dado se dirigió a la mesa y se sentó. Observó a todos con una gran sonrisa, pues era mejor que ver un campo de pradera verde o el mismo paraíso; esté era su paraíso su pedazo de cielo en medio del mundo. Era diverso el panorama, hijos de todas las edades y algunos nietos que lo observaban expectante.

El hombre agachó la cabeza y rezo la oración que todos sus hijos conocían:

“Al miedo y al dolor no espero.
Al prejuicio y olvido es mejor apartar.
A lado mío esta lo que yo quiero,
Con ansias grandes lo anhelo.

Mi orgullo es mi fuerza
y el valor para luchar contra todos mi entereza.

Si a Dios olvido no importa,
pues mi soberbia es mi mayor fortaleza.

Mi desafío al mundo es grande,
Y por ella luchar necesito.

El señor del silencio me da fuerzas
para vencer el amor y la omnipotencia.

Hacer que en frente mío se detenga
el capricho que el mundo me niega.

Les escupo en la cara y los reto
a que me digan que jamás puedo
pues la oración del predador profeso
y todos los días lo rezo”.

Todos comenzaron con a servirse los alimentos una vez terminadas las palabras del anciano. Todo transcurrió de forma corriente y pasiva, sobre tenedores y ruidos metálicos en porcelana, sobre conversaciones ordinarias mezcladas con patatas.

Sólo los dos se miraban fijamente, el anciano y la señora de 40 años, madre de seis hijos, todos sentados en la mesa. Ella con cierto desazón, reprimiendo sus verdaderos sentimientos y comprometida con el hombre que le quito y le dio todo, construyendo su amor sobre sufrimiento. Demasiados años a lado suyo mellaron en lo profundo de su mente hasta convertirse en poco menos que una sirviente sometida a los caprichos de su subyugador, callada antes que el tiempo le diga que creció y sin darse cuenta la convirtió en señora.

Acabada la cena el hombre se levanta de su silla y se dirige silenciosamente a su habitación sin que nadie se percate igual a una sombra en la oscuridad, sólo su mujer lo siguió con la mirada. Cerró la puerta se sentó en el borde de la cama y contemplo por la única ventana que había la luna que brillante se encontraba.

– Mira como me has consentido tanto tiempo – dijo al vacío- por eso te he rezando todas mis noches, todas las veces que la hacía mía, todas las veces que cené en la mesa desde que tuve a mi primer hijo, en todas te he dado gracias y tú siempre has velado por mí; no podría ser más feliz y sé también que hoy es mi última noche en este mundo pues partiré a la nada dejando el recuerdo a través de mis primogénitos y mi apellido.

El hombre se recostó con luz luna a sus pies. Rememorando todas aquellos momentos en los que desafío al mundo, haciendo prisionera de sus caprichos a una inocente, saciando sus deseos en su piel hasta que esta quede sin color, vaciando a sus herederos dentro de ella y transformando su mente para siempre.

Él muere feliz.

Desde las sombras el silencio sonríe por la partida del “desdichado”, preguntándose a quien rezaba todo este tiempo. El silencio nunca decía palabra a otros, pero le parecía curioso que un hombre que sabe que tiene todo el poder quiera justificar sus actos impúdicos a una deidad invisible. Esta ironía cruel el silencio tratará de comprender hasta el fin de la edad del hombre. La mies es mucha y el tiempo eterno.

Fin

Jodie: La Niña de mis Pesadillas (Capítulo 1)

Posted in Jodie: La Niña de mis Pesadillas by Kruger on 28 marzo 2015

Jodie: La Niña de mis Pesadilla

Capítulo 1. Inocente

Las luces de la ciudad se desplegaban en el horizonte. La gran manzana estaba expectante por la llegada del nuevo año, miles de personas congregadas en el famoso “Time Square” aguardaban ansiosas la cuenta regresiva. La gigante esfera traslucia en lo alto, radiante y espléndida, todas las personas a pesar del frio nocturno transmitían un aire de optimismo y alegría esperando seguramente que el siguiente año sea mejor que el anterior.

En el borde de la isla de Manhattan el ambiente era desierto y oscuro salvo alguno que otro comercio que abría sus puertas sólo porque no tenían nada mejor que hacer y tal vez pescar algún cliente despistado. En medio de aquél lugar se erguía un hotel no muy concurrido con aspecto decaído y pintura desgastada por el sol. El letrero rezaba: “Hotel Paradise” y se podía ver una luz encendida de entre tantas habitaciones vacías.

Jodie observaba las intensas luces provenientes del centro de la ciudad, le daba curiosidad el saber que sucedía en ese lugar, ella era nueva en la ciudad por lo que todo le parecía extraño y maravilloso.

Un hombre entró en la habitación y cerró la puerta con llave, vestía de traje formal con corbata y mocasines oscuros, tenía el cabello castaño, ojos claros, y una barba en forma de candado. Observó a Jodie por unos minutos y sonrió ampliamente. A él le encantan las niñas rubias y de piel clara como ella, observó unos instantes aquél preciso vestido floreado que le llegaba hasta las rodillas. La pequeña tenía una complexión delgada y de estatura promedio para su edad. Se acercó a ella lentamente y puso su mano en su hombro distrayendo su atención de las luces de la ciudad.

– Hola pequeña ¿cómo te llamas? – preguntó el hombre

– Jodie – respondió ella casi susurrando.

– Bien, Jodie. Déjame hacerte una pregunta ¿Tienes miedo?
Jodie meditó unos segundos antes de responder.

– No señor.

El hombre volvió a sonreír y puso su otra mano en el hombro para deslizar lentamente el vestido que Jodie traía puesto, el vestido de una pieza cayó delicadamente al suelo dejando a una niña desnuda frente a los ojos del hombre, este sonrió aún más revelando una sonrisa maliciosa y perversa.

– Así que no traías nada puesto debajo de ese hermoso vestido tuyo pequeña, eso me agrada, ahora eres toda mía, pero primero déjame quitarte esos anteojos que traes puestos.

El hombre le quitó las gafas a la niña y la llevó de la mano hasta la cama matrimonial. La recostó sobre las sábanas blancas admirando su hermoso y frágil cuerpo. Aquella rayita perfecta que tenía entre las piernas era lo que más admiraba el hombre, la convertía en un ser perfecto, inocente y puro.

– Me encanta tocarte aquí pequeña – dijo él mientras acariciaba aquella rayita con sus dedos.

Jodie se ruborizo al sentir las caricias del hombre, sintió una calentura que recorría sus piernas, le gustaba el contacto y la sensación que le provocaba.

– Relájate, cierra los ojos y que no te incomode mis caricias.
Jodie relajó los músculos tensos de su cuerpo, dejándose llevar por estas nuevas emociones que se intensificaban a cada segundo. De repente el hombre se acercó a sus labios y la besó, Jodie confundida apretó los dientes porque no sabía que hacer, se sentía extrañada más no incomoda por la acción del hombre.

-Sólo abre la boquita Jodie, deja que mis labios hagan el trabajo.
Dicho esto el hombre besó los labios de la pequeña con pasión, humedeciéndolos con los suyos, después apoyó una de sus manos en su pequeño pecho plano, palpando sus costillas de arriba a abajo. Jodie no pudo evitar reírse un poco por el toque cálido del hombre, le provocaba cosquillas cada que llegaba cerca de la axila.

Sin darse cuenta Jodie no sintió la invasión de uno de los dedos del hombre dentro de su vagina, hasta que empezó a sentir un dolor punzante ahí abajo. Se retorció un poco pero el hombre persistía con su dedo ahí abajo.

– Sé que te duele pequeña, pero el dolor es momentáneo, sólo aguanta ¿sí?- dijo con una sonrisa en los labios.

Jodie se empezó a sentir incomoda, era un sentimiento nuevo para ella, y aun así no dijo nada, quería saber hasta dónde podía llegar aquél hombre de traje elegante.

El hombre sacó el dedo de hoyito de la infante, estaba húmedo y brillante, él lo olió y emitió otra sonrisa.

– El olor de orines me encanta, es un olor tan dulce que hace que palpite más fuerte el corazón, creo que ya es hora de que conozcas todo el amor que tengo para darte.

Dicho esto el hombre se bajó la cremallera del pantalón y de esta salió su miembro viril erecto. Jodie se impresionó al verlo pues nunca había visto algo semejante, se lo veía grande y de un aspecto asqueroso y repugnante. Ella sintió asco cuando él hombre empezó a sobarlo contra sus genitales.

El hombre cambió de cara, se lo veía más amenazante, una cara de deseo y lujuria que invadía todos sus sentidos. Se puso encima de la pequeña niña moviendo sus caderas de manera uniforme, el contacto con la piel de Jodie le provocaba mayor excitación, era tersa, lisa y frágil. Jodie no sabía que hacer o sentir todo era muy extraño, al tiempo que sentía pequeñas cosquillas en la parte baja de su estómago como si miles de hormigas caminaran por ahí.

De repente sintió como se ensanchaban sus labios vaginales y como la cabeza del pene del hombre se perdía en ese pequeño agujero suyo.

– No te sientes excelente Jodie – dijo excitado- yo me siento fantástico.
Las arremetidas del hombre subieron de tono. Le abrió las piernas de par en par y le introdujo la verga un poco más. Jodie comenzó a derramar lágrimas pues el dolor era espantoso, aparte de que se sentía tan incómoda y vulnerable; el hombre le daba miedo.

Ya tenía media verga dentro de la pequeña, él se sentía poderoso y aquel sentimiento era justo lo que esperaba sentir al contrar este servicio. El precio era alto pero valía cada centavo invertido, el pervertir a una niña de ocho años era sin dudas un logro absoluto y para él y era sólo el principio. Ya lo había hecho antes con otras niñas pequeñas, las había flagelado de la manera más vil y había hecho con sus cuerpos lo que a él le viniese en gana. Ahora tenía planeado hacer lo mismo con Jodie o incluso planearia cosas peores.

El hombre estaba a punto de llegar al primer coito de la noche cuando vio algo extraño en los ojos de la niña. Se detuvo en seco pensando que sólo era cosa de su imaginación pero cuando se acercó a su rostro quedó horrorizado. Y en ese instante sintió un escalofrío recorrer todo su cuerpo, se paralizó por completo y abrió los ojos de par en par.
-¿Qué mierda me está pasando? – Pensó.

Era la una de la mañana y la puerta de la habitación se abrió de par en par, Jodie salió cojeando del cuarto rumbo al pasillo del hotel. Se apoyó en la pared adolorida, su vestido floreado estaba manchado en la parte baja, el tinto rojo de su sangre se deslizaba en su pierna derecha. Se puso los lentes y camino otros dos pasos antes de caer al suelo, aulló de dolor, apoyó la espalda sobre la pared de pasillo y reposo unos instantes. Perdía sangre y sentía un dolor palpitante en la cabeza, debía llegar al estacionamiento, la estaban esperando.

Se incorporó y se dirigió al ascensor del hotel, apretó el botón y espero. Empezó a marearse, la cabeza le daba vueltas y presentía que no podría estar de pie mucho tiempo más. El ascensor llegó y ella subió trastabillando, apretó el botón del estacionamiento y el ascensor se puso en marcha.

Erick Ruiz fumaba un cigarrillo cuando la puerta del ascensor se abrió, vio salir de el a Jodie que cojeando iba hacía él sobre su pie derecho. Apagó de inmediato su cigarrillo pisándolo en el pavimento antes de dirigirse al encuentro de la niña.

– Jodie ¿Qué te paso? ¿Estás bien?

– Si, eso creo – mintió, la pierna le dolía demasiado como si pisara carbón caliente.

– ¿Segura?

– ¡Si! – Gritó – sólo quiere irme de aquí.

– ¿Y la paga?

Jodie sacó del bolsillo de su vestido una billetera de cuero negro y se la entregó a Erick. Éste la abrió y vio que dentro había un buen fajín de billetes de 100 dólares, sacó los billetes y botó la billetera al suelo.

– Entonces, vamos pequeña- dijo y se dio media vuelta camino al Mercedes negro metiendo los billetes adentro de su chaqueta, sacó las llaves y encendió el auto, Jodie apenas le siguió el paso disimulando la cojera, ella abrió la puerta del copiloto y subió apretando los dientes por el dolor.

El motor del Mercedes rugió y se puso en marcha, salieron del hotel rumbo a la autopista.

Jodie respiraba con dificultad y se le dormían las piernas, eso no era buena señal.

Erick la miraba de reojo tratando de imaginar lo que le había pasado, pero no estaba seguro de nada, los jefes le dieron la orden de llevarla y traerla, y que él cliente debía pagar en efectivo, antes transportó a niñas de mayor edad pero Jodie era misteriosa, se manejaba sola y siempre volvía con el botín.

Pero se la veía tan vulnerable, aquellas piernitas delgadas y aquellos ojos azules tan hermosos, los lentes le hacían ver tan inocente y eso era justamente lo que preferían los clientes por sobre otras; que sean y se vean inocentes. Se dio cuenta que Jodie estaba semiinconsciente y se le ocurrió una idea descabellada.

Agarró la cabeza de Jodie y la acercó hacia él, ella no se percataba de nada pues estaba a punto del desmayo. Con esmero se abrió el ziper del pantalón y sacó su verga de entre sus calzoncillos, aupó a Jodie hasta la altura de su entrepierna y empujó su cabeza hasta la altura de su miembro. Sus pequeños labios se cerraron por puro reflejo, Erick presionó estos con su verga para abrirlos poco a poco, era una tarea difícil pues debía hacer esto sólo con una mano mientras que con la otra conducía el automóvil.

Jodie abrió sus labios dejando el paso libre para que la verga del conductor se introduzca. Erick contuvo la respiración pues la sensación de sus labios en el pene era indescriptible, sentía la humedad de la boca de la niña invadir su erecto pene, la mantuvo así por varios minutos pues ya se encontraban en la autopista rumbo a casa. Redujo la velocidad para manejar mejor la cabeza de la niña empujando su nuca para que se comiera más el tibio falo de él.

La boca de Jodie henchida por intrusión la dejó sin respirar adecuadamente, en momentos se atragantaba con ella y segregaba más saliva, quiso desprenderse pero no pudo, la mano en su nuca no se lo permitía.

– Ah! Jodie que dulce boca tienes. Yo nunca en mi vida imaginé que haría esto, pero tranquila que en tres horas más estaremos en casa.

Erick no sabía cuánto tiempo más aguantaría antes de derramar su semen dentro la boca de la niña, sólo esperaba aguantar otros 50km más antes de vaciar su primera descarga. Se sentía el hombre más dichoso de la tierra.

En medio de la relajación completa Erick no vio ni por asomo el letrero que decía “Curva peligrosa”, ya era tarde para cualquier acción, el auto se salió de la pista a más de 90km por hora, la velocidad era tal que el Mercedes fue a chocar directamente con el lago que había cerca. El lujoso auto se fue hundiendo poco a poco perdiéndose en las profundidades del oscuro lago como el manto negro que envuelve a la muerte.

Fín del Capítulo Uno